Los expertos señalan la conveniencia de la jornada escolar discontinua, ya que tal opción permitiría un mayor rendimiento tanto pedagógico como deportivo. Nada que objetar, y si ello es así, procédase en consecuencia pero ¿está dispuesto el Gobierno de Aragón? Son muchos quienes achacan a los sindicatos de la enseñanza el capricho de las jornadas continuas, con una insistencia rayana en la demagogia, y como si los docentes no cumplieran con sus obligaciones que, para muchos, parecerían limitarse a mantener vigilados a los niños en clase, las aulas convertidas en mera guardería hasta que los papás salimos del trabajo y podemos ocuparse de ellos. Pero no es este el problema, porque el profesorado no está contra un tipo de jornada u otra, sino de un sistema que pedagógicamente no funciona y algo tendrán que ver, valga la redundancia, los preclaros pedagogos (a no confundir con los docentes) y las autoridades varias. A diferencia de otros trabajadores, los enseñantes no terminan su faena en el tajo sino en sus domicilios (preparando clases, corrigiendo exámenes y trabajos, escribiendo artículos, etc.) y en los ICES, Centros de Profesores, cursos formativos varios que se supone tienen su utilidad para el mejor funcionamiento del sistema. Para llegar a todo cuantifican más de ocho horas diarias de abnegado trabajo. El funcionamiento de la jornada discontinua exigirá horarios racionales y mucho dinero para incrementar el número de profesores, de comedores escolares o de transportes. Ya lo saben, señores de la DGA.

Profesor de Universidad