Nicholas Stern no es un ecologista romántico, ni un talibán del medio ambiente, sino que ejerce de economista en el Banco Mundial. Y ha elaborado un informe sobre el cambio climático, donde no llora por la desaparición del lince, ni gime por la falta de condiciones para que se reproduzca el quebrantahuesos, ni le espanta la industria pesada. Pero el estudio que ha elaborado, conocido como el informe Stern, le ha puesto los pelos de punta a Blair, porque en él se asegura que como siga la emisión de CO2 nos va a costar una bajada del 20% del Producto Interior Bruto. Para que se entienda un poco, cuando el PIB crece menos del 1% mucha gente comienza a pasarlas canutas, y si baja un uno por ciento hay un sector de ciudadanos que tiene problemas, no ya para pagar la hipoteca, sino para hacer tres comidas al día medianamente decentes. Cómo será el informe, que Blair ha llamado la atención de sus primos estadounidenses, que son los que piensan que el CO2 no va con ellos, a pesar de que ya han sufrido las consecuencias en Nueva Orleáns, y les ruega que hagan un esfuerzo.

A Stern no le preocupan que los ríos lleven aguas cristalinas y los mares estén limpios, y los pájaros sean felices: le preocupa el poder adquisitivo de la gente, y calcula que si ponemos medidas adecuados podemos detener el cambio climático a un costo del 1% del PIB, en tanto si prosigue la desidia nos veremos con esa caída del 20%, que ríete de la crisis de 1929. Ya dicen los sociólogos que las cosas se tienen que poner muy mal para que haya posibilidades de que comiencen a ir bien. Lo que no han logrado poetas, escritores, humanistas y premios Nóbel, puede que lo consiga Nicolás. Otro Nicolás --Maquiavelo-- nos advertía que la gente es capaz de olvidar quién ha matado a su padre, pero es incapaz de perdonar al que le ha robado la cartera. La indiferencia ante las alarmas ecológicas puede que se vuelva atención interesada... para proteger la cartera.

Escritor y periodista