Llama mucho la atención que los medios dedican a los casos de corrupción. No digo que carezca de interés social conocer los nombres y andanzas de los munícipes pillados en cohecho o deslizándose por el tobogán de las recalificaciones tan ilegales como gratificadas. Lo que digo es que es cuento viejo, descontado en el imaginario popular.

Bastaba con dar una vuelta por Andratx, en Mallorca, para darse cuenta de que aquello no era sano; no hacía falta esperar a ver cómo el alcalde acababa empapelado para avizorar que aquel paisaje colmatado de urbanizaciones desafiaba el sentido común y el Código Penal. Por no hablar de Marbella.

Andratx, Marbella, Telde, Ciempozuelos, la que se está gestando en Seseña, son algunas de las cuentas negras de un collar de muchas vueltas. El boom de la construcción hunde sus raíces en las corruptelas. Todos los alcaldes no son corruptos, ni todos los constructores tampoco, pero a la vista del panorama de grúas que define la línea del cielo en buena parte de España, sería de hipócritas hacer cómo que nos sorprenden los casos que van saliendo.

En Canarias hay un encausado que ha señalado a un partido político diciendo a dónde iba a parar el dinero de las comisiones. Que empiecen a cantar otros que están siendo investigados por la Fiscalía Anticorrupción, sólo es cuestión de tiempo. Aquí hemos puesto a la zorra a fijar los planes urbanísticos de las gallinas. Cada partido sabe dónde tiene metida la nariz, pero hace cómo que está pendiente de los otros. Es un secreto a voces.