Hay personas que tienen la rara habilidad de pasar por el mejor lugar en el peor momento. Gerald Ford, el efímero expresidente norteamericano fallecido el miércoles, es una de ellas. Llegó de rebote a la Casa Blanca tras la dimisión de Richard Nixon. Y allí estuvo (agosto de 1974-enero de 1977) después de perder las elecciones presidenciales frente a Jimmy Carter. Pues bien, en esos 29 meses tuvo que afrontar la resaca del escándalo Watergate, la caída de Saigón --una vergüenza para los americanos, pues significó su aparatosa derrota en Vietnam--y la peor crisis del petróleo que se recuerda.

Como se dice en el argot carcelario, Ford se comió varios marrones. El peor de ellos, por el que pasará a la historia, el haber perdonado a su antecesor para frenar de golpe la corrosión moral provocada por el Watergate. La descarnada atmósfera que se respiraba en sus tiempos queda retratada en películas como Taxi driver, de Scorsese, o en discos como Born to run, de Bruce Springsteen. Taxistas excombatientes que querían poner orden a tiro limpio en los barrios sucios de Nueva York, jóvenes nacidos en el desencanto y que veían roto el fugitivo sueño americano.