Al visitar la Expo, la primera impresión es poner signos de admiración para decir: lo hemos conseguido. Llegar a la fecha de hoy con el nivel que ha alcanzado la muestra es, sin lugar a dudas, para felicitarnos. En líneas generales es muy digna, grande, atractiva y entretenida; para recomendarla, sin complejos, a foráneos y extranjeros.

Escépticos o incrédulos hemos sido con respecto al resultado de la Expo (ya nos lo hizo ver Ramón de Pignatelli), tampoco hay que caer en la más absoluta complacencia porque se podrían haber mejorado algunos aspectos que dependen directamente de la organización, como son los accesos a incapacitados, también es cierto que otros matices a mejorar corresponden a los propios países que exponen. Un ejemplo de ello es el pabellón del Vaticano, con magníficas obras, extraordinarias por su calidad y valor artístico, como las pinturas de: Giorgio de Chirico, de Goya o del Greco, también una estupenda talla gótica de Cristo crucificado, un espacio para admirar pero con un desafortunado montaje en la instalación que no deja ver las obras en su totalidad, un error incomprensible y que debería haberse subsanado. Hay que hablar de la Expo, cada día pasan cosas diferentes. Por eso no es de extrañar que el cronista oficial D. Domingo Buesa necesite ayudantes para poder recoger toda la información que genera la muestra; si estima que cada día pueden llegar a escribirse 100 hojas, multiplicado por 90 días, echen la cuenta; pero hay algo que D. Domingo debería tener en cuenta y es el verdadero objetivo de la muestra, el problema del agua, apuntar los acuerdos tomados (si los ha habido) para dar soluciones, para que sea un derecho humano y llegue a todos aquellos países en los que por falta de agua se les va la vida.

Por otro lado está siendo un verano muy especial que nos va a servir para autoconvencernos de nuestra capacidad y lo que más siento es que me voy a tener que ir de vacaciones.

Pintora y profesora de C.F.