España no se divide entre los bellacos que afearon a Esperanza Aguirre su estampida hindú o los tontos de los cojones que votaron al PP. Es algo que tiende a olvidar la clase política porque en este país la falta de sutileza, la amoralidad o la desvergüenza aún tienen asegurada la cuota de pantalla. Y mientras el gramófono tenga bocina, siempre habrá un perrillo esperando que suene la voz de su amo para saltar de acuerdo con los vientos, más o menos fétidos, que soplen en cada momento.

Los españoles no nos merecemos esta clase política horra de inteligencia, falta de la deseable, pero siempre molesta, ejemplaridad. Que subsiste rodeada de golfos y barbianes que amplifican y remachan los mensajes vacíos y las actitudes más sectarias. No se trata, en contra de lo que decía Giulio Andreotti, de que a la política española le falte finura. Eso, también. Le falta sentido de Estado, categoría personal y el nivel intelectual necesario para manifestarse sin avergonzarnos.

La constante apelación a los más bajos instintos de las masas no es exclusiva de uno u otro bando. Todos los partidos políticos españoles --y no digamos los nacionalistas-- la practican con un aplomo total. Las organizaciones que cimentan nuestra depauperada democracia han convertido el debate social en un patio de colegio. Donde todos acechan, para corearla, la próxima enormidad de quienes, ay, mantenemos con nuestros impuestos. Esos deslenguados, irresponsables y monosabios a sueldo.

Periodista