El caso del periodista británico Ray Gosling ha vuelto a encender un debate candente en la sociedad y que, en función de las circunstancias o de la notoriedad de los protagonistas o de sus vicisitudes, regresa a las portadas de manera periódica. El presentador de la BBC confesó en un documental, y de manera dramática, que había acabado con la vida de su amante, enfermo terminal de sida, tras asfixiarlo con una almohada, y a partir de su relato han vuelto a plantearse los conflictos morales que subyacen en un tema de tanta trascendencia.

Los grupos defensores del derecho a morir dignamente han considerado, con razón, que la forma en que Gosling ayudó a su compañero moribundo es una brutalidad que se asemeja más a un homicidio y que va en contra de la lucha por una despenalización del suicidio asistido. La sociedad ha avanzado mucho en este asunto y hoy en día, sin estar legalizada la eutanasia, se da una cierta aceptación social gracias al sentido común que impera en muchas ocasiones. Pero la frontera entre la eutanasia activa, la pasiva y el homicidio (aun de buena fe) a veces es una línea muy fina.