En La Codorniz, aquella revista de humor tan añorada desde que desapareció, Jardiel Poncela dijo que el fútbol era el bacilo de la guerra civil pero la cosa no pasaba de ser una ironía ingeniosa, más como temor remoto que como realidad. Esos jóvenes que tan alto consiguieron poner el pabellón de España entera, dentro de unas semanas volverán a las justas andadas de intentar con idéntico empeño que Madrid, Barcelona o Sevilla, se alcen con la copa correspondiente y se supone que no dejarán de ser amigos los que con tanto ardor, contendieron juntos en la selección nacional. Contrarios pero amigos.

Eso es el deporte que no debe convertirse nunca en un tóxico ni político ni social ni menos, personal; es solamente, un noble juego en el que unas veces se gana y otras veces se pierde, como en los demás juegos; unas veces por méritos y otras veces, por azar. Apliquemos al fútbol aquel dicho británico que define el rugby como "un deporte de villanos practicado por caballeros".

En aquellos años codornicescos, se inventaron rivalidades imaginarias que aprovechaba "la revista más audaz para el lector más inteligente", a fin de caricaturizar los excesos, enseñándonos a ver la dimensión real de las cosas, sin sacarlas de sus casillas. Así, La Codorniz decidió rebautizar al Real Madrid F.C., llamándole el Madrileñín Club de Forasteros cuando cayó derrotado por el Forzudo Madrileño, nombre que la revista daba al Atlético de Madrid.

Aquella derrota, gemía el cronista, "ha tenido consecuencias desastrosas; muchos partidarios del Madrileñín sufrieron graves afecciones al corazón, inapetencias y fuertes depresiones nerviosas. Las oficinas estaban desiertas el lunes y sólo acudieron a trabajar algunos partidarios del Forzudo". Aun se añadía a tan desoladora noticia, que el resultado era inexplicable puesto que el Madrileñín contaba con jugadores garantizados por cinco años y de la mejor calidad.

En el fútbol es frecuente por desgracia, que se introduzcan dosis de dramatismo que, a veces, acaba en tragedia multitudinaria que hubiera podido evitarse con unos gramos de sentido común y cuya ausencia explica tantos desastres humanos que luego lamentamos, sincera pero tardíamente.

Cuando al humorista Wenceslao Fernández Flórez le dio por escribir crónicas de fútbol (De portería a portería se titulaban y eran divertidísimas), padeció la incomprensión de alguno de los periodistas que también concurrían al palco de la prensa para contar los partidos, "pero en serio" decían ellos; no aceptaban que el fútbol se tomara a risa ni con sonrisas. Don Wenceslao, con la excusa del descenso a segunda del equipo de su tierra, dejó su deportiva tarea, prometió no reincidir y dijo: "Me guardaré de volver a tratar de fútbol, sin la debida solemnidad. No creía yo, lo confieso, que estas cosas fuesen así, tan graves".

En tiempos de Franco, se suponía que el fútbol era empleado como tapadera de la política y que en democracia las cosas discurrirían de otra manera, pero han pasado más de treinta años y cabe asegurar que el fútbol ha crecido en importancia política y que desde luego, por estrambótico que resulte, genera más pasión que cualquier partido de los otros.

El fenómeno no era un producto franquista; del fútbol se sigue ocupando la gente sin perjuicio de poner verde a ZP. Pero eso no solo ocurre aquí; en Francia, lo primero que hizo el capitán de su derrotada selección al bajar del avión, ¡fue ir a darle explicaciones a Sarkorzy! que lejos de mandarle al cuerno, le mandó su propio coche para que no se demorase. Llorarían juntos.

Tuvo España un seleccionador que llegó al cargo tras haberlo sido casi todo en el fútbol: portero del Real Madrid, árbitro de primera, creo que directivo y entrenador. Además de tan sobrada experiencia, disponía de un sentido del humor que acabó perdiéndole, porque antes de un mero partido amistoso en Lisboa, se atrevió a decir que iba a ser el primer seleccionador español que perdiera con Portugal que estaba entonces en mejores condiciones que "nosotros". Acertó, porque "perdieron" y claro, le cesaron o dimitió, inmediatamente.

Ahora que hemos ganado el Mundial y lo estaremos celebrando el tiempo que haga falta con alegría popular casi unánime, piensa uno que podríamos aprender de paso, que el triunfo y la derrota no dejan de ser dos impostores (Kipling) y que siendo indispensable tener ilusiones, debemos evitar que nos conviertan en ilusos. Digo yo.