Al cumplirse dos años sin atentados de ETA lo menos que puede decirse es que la estrategia elegida para neutralizar a la banda ha sido la adecuada, aunque por el camino se hayan podido cometer errores de apreciación y a veces los gobiernos --de todos los colores-- hayan pecado de optimistas. La realidad es que flota en el ambiente la impresión de que, de verdad, esta puede ser la ocasión definitiva para que la política vasca discurra solo y exclusivamente por cauces políticos. Que esto lleve más o menos tiempo es algo impredecible, pero el simple hecho de que se hable de plazos cuando, no hace tanto, se hablaba de asesinatos, es un signo de evolución del conflicto.

Para que se desvanezcan las últimas dudas sobre cómo y cuándo se producirá el final de ETA, hace falta, sin embargo, que se den algunos requisitos. El primero de todos ellos es que la izquierda aberzale que ahora actúa en las instituciones --Bildu y aledaños-- deje de navegar entre dos aguas --las de Eusko Alkartasuna y Aralar, por un lado; las de los independientes, por otro-- para que se consolide un solo discurso. Esta fue al menos la esperanza de cuantos saludaron la legalización de la coalición como la gran oportunidad de aislar definitivamente a los terroristas y encauzar el independentismo vasco por vías políticas perfectamente legítimas.

CONTROL Y NEUTRALIZACIÓN //

El segundo requisito es mantener los mecanismos de control y neutralización de la banda en tanto no entregue las armas sin imponer condiciones al Estado. Pero, al mismo tiempo, es necesario que se mantengan activos los sensores que permiten tomar la temperatura al proceso. En caso contrario, es imposible saber si, como se dice, la dirección de la banda está tan debilitada que ha pasado a los presos la decisión de claudicar o si estos están a expensas de lo que decida el exiguo grupo que se esconde en Francia.

El tercer requisito es que los partidos renuncien a utilizar la lucha contra ETA con fines electorales. Y, en este sentido, fueron un auténtico despropósito las declaraciones de Javier Arenas, líder del PP de Andalucía, poniendo en duda el compromiso de Alfredo Pérez Rubalcaba en el combate contra el terrorismo. Precisamente el ministro del Interior con el que más comandos se han desarticulado y más detenidos. Por ética y por sentido de Estado, este tipo de declaraciones no deberían ensuciar la próxima campaña.