La cadena de acontecimientos que se han sucedido desde que Dominique Strauss-Kahn fue detenido en el interior de un avión en el aeropuerto JFK de Nueva York hasta que ha quedado en libertad sin cargos constituye uno de los episodios menos edificantes de la justicia en Estados Unidos, aunque habrá quien quiera ver en cuanto ha sucedido una confirmación de que el sistema funciona. La realidad es que el arresto de Strauss-Kahn y sus visitas al juzgado han liquidado su carrera política, le han apartado de unos de los puestos más relevantes de las finanzas internacionales --secretario general del Fondo Monetario Internacional-- y han dejado malherido al Partido Socialista francés en los prolegómenos de la elección presidencial del próximo año. Por no hablar de las repercusiones que el asunto puede tener en su vida personal.

ESCRUTINIO ESCABROSO

Para la camarera que lo denunció, el resultado de la acción de la justicia no es menos demoledor. Se ha dudado de su palabra, ha sido sometida a un escrutinio a menudo escabroso y, a ojos de sus conciudadanos, ha sido presentada como una oportunista dispuesta a sacar tajada de un confuso arrebato sexual. A Nafissatou Diallo, sea cual sea la suerte del proceso civil que ha entablado, su relación con los tribunales le dejará muy probablemente una huella imperecedera.

PREGUNTAS SIN RESPUESTA

Si este rosario de despropósitos hubiese servido en última instancia para aclarar el caso, estaríamos ante un mal menor, Pero no solo han quedado sin respuesta todas las preguntas que se hace la opinión pública, sino que se mantiene incólume la sospecha de que Strauss-Kahn tuvo un comportamiento poco honorable, por decirlo de forma suave, y de que Diallo quizá no sea la testigo de cargo más sólida, pero seguramente hubo de hacer frente a una situación de perfiles escabrosos. Lo cual es claramente injusto para los dos implicados en el caso.

La fiscalía de Nueva York tenía que haber sopesado todos estos elementos antes de montar la escenografía propia de un gran proceso que no se va a producir. Porque, dado que el acusado era Strauss-Kahn, enseguida se cruzaron las líneas rojas de la morbosidad y el escándalo, el derecho quedó en segundo término y la confianza en la justicia quedó inevitablemente dañada.