Nunca desde la firma del histórico tratado de paz entre Egipto e Israel en 1979 la tensión entre ambos países había sido tan elevada como la registrada la pasada semana a raíz de unos graves incidentes en la frontera. Con Mubarak en el poder, estas cosas no pasaban porque el rais egipcio, además de ser aliado de Israel, ejercía de gendarme de la estabilidad. Pero la primavera árabe ha alterado aquel orden y los radicales de Gaza aprovechan esta circunstancia incitando a Israel a responder como acostumbra, con la fuerza militar desproporcionada. Las autoridades egipcias saben que deben mantener el tratado de paz, pero también que la población, que desde la revolución ha perdido el miedo a expresarse libremente, es profundamente contraria al vecino Israel. Sería un error que el Gobierno permitiera el desahogo popular a costa de aumentar la tensión con Israel. También el Ejecutivo hebreo sabe que sería igualmente erróneo que aprovechara la crisis para intentar desactivar las masivas protestas que este mes han sacudido las calles de Tel-Aviv en demanda no de más seguridad, sino mejores condiciones de vida.