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Opinión | Editorial

La jornada intensiva en las aulas de Aragón

Un debate persistente en el sistema educativo en todas las comunidades, también en Aragón, es el horario lectivo de alumnos y profesores y sus consecuencias, tanto pedagógicas como en el ámbito de la conciliación familiar. No existen hasta la fecha estudios comparativos que permitan concluir que una modalidad de jornada escolar distribuida entre mañana y tarde sea mejor que la intensiva. Y tampoco lo contrario. Ambas opciones pueden observarse tanto entre los países que obtienen excelentes resultados educativos como en los que cosechan mayor fracaso escolar. Cuestiones muy variadas --entre ellas las geográficas o climáticas-- impiden una respuesta única y general.

Sin embargo, en apenas unos años la implantación de la jornada intensiva en los centros de secundaria en España ha ganado terreno de forma casi abrumadora, y son amplia mayoría los institutos que ya solo se imparten clases por la mañana con resultados dispares. Ahora, lo que ya parece irreversible en la enseñanza secundaria, se ha instalado como un debate recurrente en las escuelas públicas de Primaria.

Tras probar experimentalmente esta jornada concentrada en un centro de Monzón, la intención del Gobierno de Aragón es que sea la comunidad educativa de cada colegio, siempre que cuente con una mayoría cualificada y representativa de padres, profesores y personal laboral, la que solicite modificaciones en la jornada escolar, pero rechazando aquellas propuestas que solo planteen abrir por las mañanas. Así, las escuelas aragonesas podrán tener una planilla horaria y una distribución de clases diferentes, pero nunca circunscritas a la franja matinal.

Los defectos advertidos en el proceso de implantación del horario intensivo en la secundaria deben ser tenidos muy en cuenta ahora, cuando el posible cambio de jornada escolar afecta a alumnos menores de 12 años y, obviamente, a su entorno familiar. Lo razonable es flexibilizar los horarios, pero nunca imponer una carga lectiva solo de mañanas a los niños, sin desdeñar las dificultades para las familias que se derivarían de enviarlos a casa poco después de mediodía. La jornada intensiva no debiera generalizarse sin evaluar estos riesgos pedagógicos y sociales. Hace bien Educación en no dejarse llevar y mantenerse prudente y conservador en un debate cuya importancia no admite precipitaciones irreversibles.

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