No está mal votar a menudo. Mucho peor es no poder hacerlo nunca. Pero tampoco es suficiente. Ya hemos visto el resultado de confiar cada cuatro años el voto a los partidos. Acaban usándolos para justificar sus martingalas. Cambias a otro y vuelta a empezar. Es más efectivo votar cada día, cuanto más a menudo mejor, hacerlo por sistema en cada acción. Votar al abrir la ducha, al comprar el diario, al elegir el transporte, al hacer la compra, sintonizar el canal... En realidad, cada acto de nuestra vida acaba siendo una elección entre infinitas. Todas trascienden, sea doméstica o planetaria, no hay acto impune. Son nano votos, casi imperceptibles, pero si los sumas a los otros millones de actos durante los miles de días de una vida, y de todo el mundo, aparece un potencial maravilloso. Esto no quita que algunos se decidan por las grandes epopeyas y no se conformen con minucias. Aunque estos líderes abnegados y sacrificados acaban dado miedo.

En el otro extremo está la persona consciente, aquella que elige cada actitud alineada con su ser. No es que esté todo el día calculando. No es un plasta progre imponiendo sus consignas, simplemente vota en cada gesto. Sin impostación ni pesadez, al contrario, como un hecho apenas significante. Ese voto continuo, es decir vital, descoloca al sistema porque lo subvierte. Es imposible recontar esos votos, ponerles normas, asignarles escaños. Es un voto que no atiende a campañas electorales, no es miedoso ni valiente, no tiene organización ni siglas. Ni gana ni pierde, es. La gente que vota permanentemente no espera cambios, los produce; aunque sean microscópicos. Son gestos que se acumulan lentamente y nos regalan una fragancia ambiental liberadora. Mandan sin mandar, un misterio... El domingo toca voto de papel, también contará un poco. Escritor