Opinión | Sala de máquinas
Cuba como reducto de la esclavitud y el amor
Tuve el placer hace unos días de escuchar a José María Merino en la presentación de una nueva novela de Alfonso Mateo-Sagasta hablando de la esclavitud en las colonias españolas. Triste práctica que siguió estilándose una vez incluso se hubo abolido el esclavismo en Estados Unidos, como consecuencia de la Guerra de Secesión y de las campañas de Abraham Lincoln.
El autor de Mala hoja (publicada por la editorial Reino de Cordelia) había concebido una trama basada en la tradición del tabaco cubano, en esos legendarios habanos de Vuelta Abajo que, lenta y cabalmente fumados, dan pie a largas y pausadas conversaciones sobre los temas eternos de la humanidad y aquellos más concretos que afectaban a la Cuba de 1880, poco antes de la independencia. Pero, en el proceso de documentación, se encontró con el fenómeno de la esclavitud y decidió llevarlo al argumento, consiguiendo efectivamente asombrarnos con su implantación y trascendencia en los ingenios cubanos y en toda la isla. Esclavos africanos, sobre todo, traídos de la costa atlántica de África en bodegas de barcos negreros, pero también esclavos orientales, chinos, sobre todo, atraídos a los ingenios con falsas promesas y apresados luego en barracones y cainitas contratos de dieciocho horas de trabajo al día, con una pésima alimentación, nula higiene y ningún futuro.
Mala hoja, concebida a modo de diálogo entre dos españoles de edad madura, muy representativos ambos de los intereses económicos y militares en la perla de las Antillas, se ofrece al lector como una guía o chequeo a la colonia en su último momento de esplendor, justo antes de caer abatida por los mambises y los errores del lejano gobierno español.
Estos dos hombres, estos dos españoles, sentados frente a frente en un patio abierto, van fumando y tomando ron para animar una conversación que bascula entre sus preocupaciones personales y sus inquietudes por el porvenir de la isla. Su conversación durará más o menos el tiempo que lleva fumar un habano, saboreándolo en su extensión y profundidad, recreándose en sus aromas y relacionando esas sensaciones con la historia reciente, los secretos y misterios de la isla.
Una novela distinta, bien ambientada, mejor escrita, que nos muestra el corazón de la colonia a la luz de la palabra, la música, el ron, al amor tropical y la noche estrellada de la Habana.
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