Aunque los resultados electorales del pasado 10-N se han analizado, leído, interiorizado e instrumentalizado del derecho y del revés, es muy difícil evitar hablar de ellos. Primero porque condicionan nuestro presente y hasta pueden distorsionar nuestro futuro, y segundo porque el cabreo y la frustración que produce comprobar que el sistema queda prisionero de una confrontación entre nacionalismos exaltados que impiden hablar de nuestros problemas cotidianos con rigor y sentido común, es desquiciante.

Me siento saturado de proclamas que en el fondo no analizan una realidad compleja a la que nadie quiere entrar. Basta de agendas políticas marcadas por problemas territoriales. Hablemos de una vez de la agenda social. Siete años llevamos sin dar un paso para resolver los problemas que nos afectan, siete años retrocediendo y perdiendo derechos hasta el punto de tener que leer en este diario, que el abogado defensor de Deliberoo alegó, en el juicio interpuesto por los trabajadores contra su empresa por tenerlos como falsos autónomos, que «la empresa sería inviable si fuesen asalariados». Es decir, si no hay una práctica irregular generalizada y una sobreexplotación manifiesta no hay negocio. Solo le hubiese faltado pedir la vuelta del esclavismo para maximizar las ganancias.

Claro que una noticia te lleva a otra, igual o peor, como reflejo de ese capitalismo salvaje que estamos padeciendo. En la quiebra del operador turístico Tomas Cook, arrastrada desde hace ya diez años, los ejecutivos cobraron 40 millones de libras de extras antes del hundimiento. ¿Hay mayor sadismo frente a los 22.000 empleados que se quedan en el aire?

El despido objetivo de un trabajador con baja justificada, según sentenció el pasado 29 de octubre el Tribunal Constitucional, haciendo una interpretación del artículo 52 D del Estatuto de los Trabajadores, supone en la práctica que acumulando nueve días de baja intermitente en dos meses, es causa de despido, algo que resulta aberrante desde el punto de vista social y amenazante para la salud y el empleo de los trabajadores. Son millones los empleados que pueden verse afectados en momentos álgidos de gripe, contagios, embarazos, recuperaciones de enfermedades, lesiones o percances de cualquier tipo.

No es justo este ensañamiento con los trabajadores justificado en la mejora de la productividad. Poner los beneficios de las empresas por encima de los derechos fundamentales como la salud, quiebra una conquista social que proviene del pasado siglo y que España ratificó con los convenios y recomendaciones de la OIT. Con esta sentencia volvemos a los años cincuenta.

En este alejamiento institucional de la realidad social y con las políticas neoliberales en auge, no es de extrañar que pasen reacciones violentas de sectores cada día más castigados.

Un claro ejemplo es el caso de la clase media, columna vertebral del desarrollo económico y político desde la segunda mitad del S. XX, y que actualmente arrastra una tremenda crisis en todos los países desarrollados. No solo por la disminución de sus ingresos y su reducción del peso dentro del conjunto de la economía desde los años ochenta, sino también por la drástica reducción de sus componentes. Según la OCDE la clase media apenas representa el 52% de la población cuando al comienzo de siglo suponía más del 65%.

Y eso que para este organismo clase media son todas aquellas personas que ingresan entre el 75% y el 200% del salario medio del país (11.400 y 34.000 € en España). Recursos que deberían cubrir la totalidad de gastos, ahorrar y disfrutar de vacaciones al menos una vez al año. Los cambios del estilo de vida en este sector social por la merma de ingresos y el incremento del coste de vida, conlleva a una frustración que alimenta políticamente populismos desestabilizadores de nuestra democracia con posiciones políticas extremas y cambiantes.

Seguir haciendo de los problemas identitarios el eje de nuestras vidas, en estas y parecidas circunstancias, ni es bueno para el conjunto del país, ni para los ciudadanos. Con himnos, banderas y estandartes no recuperaremos derechos ni futuro, solo retrotraernos al pasado.