Ayer me desayuné, como toda España, con los datos del paro. Pero en vez de echarme a llorar, que es lo que pide una situación tan catastrófica, pensé en buscar algo positivo, un destello del después. Y pensé en mi vieja teoría de que a veces, para cambiar hay que tocar fondo, y sobre los escombros, reconstruirse. Ni mejores ni peores, diferentes. Nuevos. El tránsito va a ser durísimo, y mucho dinero público tiene que caer para que todas esas familias (pavoroso el dato de más de un millón de hogares sin ingresos) puedan llevarse un plato a la mesa. Busco los destellos, les decía, y se me ocurren algunos. Levísimos. Pero ahí están. Por ejemplo, hemos tomado conciencia del problema de tratar a los inmigrantes temporeros como si no fueran tan personas como nosotros, con derecho a cama, ducha, higiene y comida en condiciones dignas. Hemos aprendido que el turismo masivo nos hace ricos un rato, pero nos devuelve a la pobreza a la mínima, así que habrá que repensar el modelo. Lo dijo el ministro Garzón y casi le fusilan, pero creo que tenía razón. También hemos mirado para adentro y hemos visto que no hace falta irse a Tailandia para ver paisajes maravillosos: que a lo mejor nos queda mucho por ver aquí al lado. Y hemos redescubierto el comercio minorista, al que ahora ayudamos como podemos, que es comprando en él. Ese mismo comercio, además, ha descubierto la digitalización, algo que no tendrá marcha atrás. He visto a mi alrededor resistencia, voluntad de aguantar el envite, coraje para soportar lo que viene y volver a levantar cabeza. Si con todo esto no nos creemos que somos un gran país, no sé qué más nos va a hacer falta. Así que ánimo y pasen buen verano sea como sea.