Me levanto, abro la ventana y el ruido de fuera me invade. Enciendo la tele y el ruido se multiplica. El ruido me instala en la realidad. Hablan de Madrid, cómo no, y todo se va intoxicando. Me gusta Madrid (sobre todo para pasear). Y también me gustan las ediciones de bolsillo y Toni Romano. Es un hombre lunes, con las ilusiones justas, por decir algo. Ojalá pudiera decírselo: "me gustas, Toni".

Mi compañera de trabajo, que pasa de poesía, siempre me acusa precisamente de ser poco poética. Qué sabe nadie. Yo tengo un barrio obrero interior para huir de los análisis políticos pero también de la poesía, puedo hablar horas sobre jazmines pero, si me preguntan por mis olores favoritos, muchos de ellos son tóxicos: el pegamento Imedio bajo los cromos de los álbumes que ya no completaré, la trementina en los pinceles, el cristasol sobre la luna del coche, el resto de olor a gasolina en las manos, la pintura abierta dentro de una habitación cerrada. Y el humo de hachís. No me lo pongo de perfume por el qué dirán.

Decido que no quiero oír una palabra más sobre Madrid, prefiero intoxicarme sola. Se lo dejo todo a los profesionales. ¿Pero los profesionales de qué?

La política es una profesión en la que puede meterse cualquiera y eso, que forma parte de su grandeza, la convierte también en un caldo oscuro. Decía Pierre Dac a propósito del proverbio empírico “Forjando en la fragua se hace uno herrero”, que tal cosa es indiscutible, pues efectivamente sería raro que, forjando, un herrero llegase ser telegrafista o modelo de alta costura. Pues en política todo ello es posible. En política un herrero puede meterse a maestro de costura y una costurera puede meterse a hacer leyes. Ya los asesorarán o algo. A disfrutar del día. Reconozcamos al menos que el que no se entretiene es porque no quiere.