El asesinato de Katia, cometido por su pareja en Zaragoza el pasado domingo, encierra un nuevo fracaso de una sociedad que asiste con pasmosa naturalidad a cifras de crímenes machistas insoportables. Katia es la última víctima mortal de una semana en la que en toda España hubo otras cinco mujeres asesinadas y un menor que también murió por la brutalidad de su progenitor. Todos estos casos tienen detrás un trágico historial que comienza mucho antes del asesinato. Katia no escapó a esa cruel realidad: su asesino acumulaba tres sentencias condenatorias por maltrato, tenía una orden de alejamiento y la había golpeado con anterioridad en su propio lugar de trabajo. Katia vivía un infierno constante y ya había sufrido episodios anteriores que, desgraciadamente, han acabado de la peor manera posible. Su caso fue considerado de «bajo riesgo» por el sistema Viogén, la herramienta policial que evalúa el grado de amenaza machista.

Resulta obvio que una vez más han fallado los resortes del sistema para evitar una muerte. Con demasiada frecuencia falla el sistema policial, el judicial, el educativo, el legislativo... España tiene desde hace años una de las leyes contra la violencia de género más avanzadas, precursora en Europa, pero a la vista está de que la herramienta legal no es suficiente para atajar una lacra que nos convierte en una sociedad muy imperfecta. Porque solo así se puede considerar una sociedad cuando el reguero de muertes de mujeres a manos de sus parejas o exparejas no solo no se frena, sino que crece y cada una de estas víctimas engrosa algo más que una fría estadística. Detrás de cada caso de violencia machista hay un fallo que se debe analizar para no repetirse. Detrás de cada condena debe haber una revisión profunda de las causas del ataque para que no se repita. Es evidente que falta formación en la Justicia y en la Policía, a pesar de las unidades especializadas que trabajan con rigor y profesionalidad, pero es insuficiente su esfuerzo y son las primeras en sentirse frustrados e impotentes al ver que nadie pudo evitar un desenlace tan trágico. Como en todo, hay que invertir más en educación, porque es preocupante que en una sociedad cada vez más libre e informada las generaciones más jóvenes asuman actitudes machistas intolerables, se vea normal la posesión y la cosificación de la mujer y que, en lugar de avanzar en igualdad, se retroceda. Y, por supuesto, la política debe aislar a aquellas formaciones negacionistas que cuestionan la existencia de un problema de magnitudes mayúsculas. La extrema derecha niega una realidad palmaria y, ante esta actitud, solo cabe la condena y el rechazo más absoluto, institucional y social.