En términos taurinos, el indulto de un bicho bien armado, y lidiado por un diestro encoletado, es un premio que se otorga al animal bravo y noble, e indirectamente al ganadero, por su excepcional comportamiento durante la lidia. En mayoría de las faenas, la mano derecha no llega y la izquierda no sabe mostrar la bravura, calidad y duración en la embestida. La grandeza de la fiesta a menudo queda en persistente mediocridad. Otro objetivo del indulto es salvaguardar en su mejor pureza la raza, la casta, bravura, trapío, defensas, peso, edad, temperamento, codicia y estampa del toro arquetipo. Difícil para ambas manos. El toro volverá a los «sembraos» curado de heridas, para sementar mientras viva y pueda. Por ello es vital indultar debidamente.

La traslación al mundo político es sugestiva. El político indebidamente indultado sementará sus ideas peregrinas y su republicanismo pintoresco (separatismo, en realidad).

Por lo que sea, pululan parlamentarios indultados aunque solo han conseguido, y eso desde el pesebre del partido, una embestida con derrote peligroso para los montados y para los de a pie. Sin escrúpulos en las diferentes suertes y sin cumplir con ninguna de las condiciones obligadas del arte, a pesar de la complaciente obstinación del asombroso presidente del festejo, asesores y autoridad incompetente.

Esos malindultados pretenden padrear (o madrear) libremente por dehesas que no les pertenecen.

En las crónicas que llegan desde el albero político, se ve que a una gran parte del aforo, tanto de sol como de sombra, estas decisiones no le agradan. Al reciente desmoñe precoz de un alumbrado principiante se añaden la falta de conocimiento presidencial, un asesor ignorante y un veterinario sin V.I.R, que intentan modificar las bases racionales del indulto. El presidente no distingue el color de los pañuelos que rigen la lidia.

Para ser indultable se precisan ciertas condiciones. El espada debe saber, antes de abrirse la puerta giratoria del chiquero, del linaje, la línea de ascendencia del animal, los caracteres que recibe de sus ascendientes. El genio lo demostrará ya en la lidia, en la actividad parlamentaria o gubernamental. Se verá es si es de buena casta o mal encastado. La divisa y las hierbas pastadas saltarán a la vista y expresarán en su fenotipo los indicadores genéticos de raza, casta y campo donde nacieron, se criaron y amamantaron.

Ninguno de los anunciados para indulto, incluidos sobreros, se ha hecho acreedor del mismo. Son de desiguales camadas, con mucha mezcla (incluso rubia aragonesa), etc. etc. dominando en todas el miedo y la falta de los requisitos primordiales para la bravura.

En el desencajonamiento ya suelen barruntarse conductas: tendencia a la huida o bien amorcillamiento precoz, con querencia a las tablas y los burladeros. Ninguno ha superado las cinco hierbas en dehesas catalanas y andorranas, si bien en estas se mantenían con piensos compuestos sustraídos a otras ganaderías de mansos domésticos adecuadamente dotados, no solo de cornamenta.

El trapío ha de corresponderse con la variedad, tener romana (estos, o se pasan o no llegan), pelo limpio, brillante, sentado y fino (ninguno), cabeza bien conformada y mirada despejada, andares elegantes y embestidas nobles (sin bajar la cara). No se ha hecho bien el examen y así pasa lo que pasa: y salieron a la vez becerros, añojos, erales, utreros, cuatreros y algún cincueños. También se vio alguna huidiza erala. Sin estampa.

El ruedo político requiere una actividad sin amaños, sujeta a reglas y normas cuyo cumplimiento general es obligado. Por parte de todos: autoridad, toreros, ganaderos y respetable. Otra cosa es tongo, fraude, timo, estafa, oprobioso camelo. Las decisiones no se tomarán por odio ni desquite, sino porque lo más sensato y conveniente es optar por la norma vigente rectamente interpretada. No puesta al servicio del capricho de «la autoridad competente», es decir, del presidente. Quien alienta imprudentemente la traicionera embestida de morlacos. Desde un cómodo palco.