Una de las paradojas de la actualidad, vista desde los noticiarios, es que casi nunca pasa nada (hasta que llega a pasar). Tanto en períodos normales como de crisis, el reino de España lo es también de la especulación y del rumor. Como si los españoles necesitasen forzar los extremos, llevar las cosas a su punto más álgido, grave o dramático, las conversaciones, los mensajes o las tertulias agrandan y agravan las noticias hasta transformarlas en inminentes amenazas. El país siempre está a punto de ser arruinado o destruido. El español vive en un permanente ¡ay!, en un suspiro o grito, rebelde y alerta, avizor, irritado, pendiente de una hipotética agresión o de que el cielo caiga sobre su cabeza.

Y, sin embargo, casi todo sigue igual.

Nada ha cambiado, esencialmente, en nuestro modo de gobernarnos. Ahí siguen los dos tradicionales partidos, turnándose en el poder. Con matices, por supuesto, con algunas alianzas, pero con Sánchez sustituyendo a Rajoy, y con Casado dispuesto a suceder a Sánchez. No hay la menor posibilidad de que Inés Arrimadas, Santiago Abascal o Yolanda Díaz lleguen a ser a corto plazo presidentes del gobierno. No parece haber la menor posibilidad de que una próxima república sustituya en España a la monarquía. Ningún indicio serio permite asegurar que el Estado de las Autonomías va a ser reforzado o reformado. No parece que este Gobierno ni ningún otro vayan a nacionalizar fuentes de energía o producción, periódicos o bancos. Tampoco hay síntomas de que España vuelva a ser una potencia o de que diseñe una política exterior coherente con nuestra historia y posición…

¿Qué pasa con esos supuestos y grandes protagonistas de nuestra política? ¿Con Quim Torra, con Pablo Iglesias, con Albert Rivera? Un buen día, de pronto, desaparecen, dejan de salir en televisión y en los medios, regresan al anonimato habiendo legado… ¿qué? Reformado… ¿qué? Cambiado el mundo… ¿en qué?

El lector, el espectador, el votante, el opinante haría bien en relativizar la influencia de todos estos personajes de día que se borran de noche, que copan la atención, pero no la memoria. Ninguno ha demostrado ser esencial, sino producto de las circunstancias, las tertulias y el mensaje viral. La realidad, esa prueba de fuego, los va olvidando.