En el año 1921 un grupo de pedagogos, psicólogos, sociólogos y médicos, se reunió en Calais (Francia) y fundaron la Liga Internacional de la Educación Nueva. Desde entonces han transcurrido cien años y todavía tienen plena vigencia los puntos doctrinales de aquel movimiento internacional, lo cual demuestra lo poco que han servido las políticas educativas para regenerar las escuelas. Es más que evidente que han mejorado mucho las características de los edificios escolares y que ha supuesto una auténtica revolución la aplicación de las nuevas tecnologías en la práctica didáctica. En cambio, se ha avanzado muy poco en la incorporación de los principios y fundamentos de aquella revolución pedagógica. El anquilosamiento de la pedagogía española que se produjo después de la guerra civil no es lo más importante para mí. Lo más grave es que se diluyera como un azucarillo en un vaso de café la esperanza de enlazar los movimientos de renovación pedagógica, surgidos en los años postreros del régimen franquista y en los albores de la democracia, con el movimiento de La Escuela Nueva.

100 años de la escuela nueva

Desde la llegada de la democracia en el año 1977, en España solo ha habido una ley de educación que cambió radicalmente el andamiaje escolar anterior (la LOGSE). Lo lógico habría sido que las leyes posteriores hubieran modificado los múltiples aspectos negativos de esa ley y conservado los escasos positivos. Sin embargo, todas las que fueron aprobadas después únicamente han servido para cargarse los principios ideológicos de la ley anterior e imponer los del nuevo partido gobernante, dejando de lado lo sustancial para mejorar la calidad del sistema escolar. Esas incoherencias, impuestas por una enorme cohorte de asesores cuyo único interés parecía consistir en ganar prestigio para conseguir una cátedra universitaria, han sido justificadas apoyándose en un discurso pedagógico vacío y absolutamente alejado de la realidad de las escuelas españolas, que a lo único que ha contribuido es a desmoralizar al profesorado y a volver locos tanto a los profesores como a las familias. Eso explica que en estos últimos cuarenta años se hayan llevado a cabo en nuestro país, de forma precipitada y sin ningún rigor evaluativo, miles de proyectos pedagógicos catalogados como innovaciones didácticas, cuando en realidad eran una mala copia de los que iniciaron aquellos fundadores de la Liga Internacional de la Educación Nueva.

No me cabe la menor duda de que lo más eficaz para demostrar que ello es así es leer los treinta puntos programáticos de dicho movimiento internacional. Por razones de espacio, me limitaré a presentar un breve resumen, pero antes me parece importante dejar constancia de que esos ideales pedagógicos no fueron el producto de las mentes calenturientas de los fundadores de la Liga Internacional de la Educación Nueva. Todos fueron previamente experimentados en miles de escuelas distribuidas por todo el mundo.

La escuela es concebida como un laboratorio de pedagogía práctica en el que caben todo tipo de innovaciones siempre que respeten este principio básico: el centro del proceso educativo es el alumno y, por lo tanto, es la escuela la que tiene que adaptarse para satisfacer sus necesidades y no al revés. La misión de la escuela no es solo enseñar sino también educar; por eso, las familias y el profesorado tienen la obligación de colaborar para conseguir que el ambiente escolar sea una atmósfera tan familiar como sea posible y para evitar que ambos estamentos vayan cada uno por su lado. La educación tiene que ser integral, lo cual conlleva el respeto de estas exigencias: la programación didáctica tiene que estar destinada a perfeccionar tanto la inteligencia (más el juicio que la memoria) como las emociones; el clima socioemocional de la escuela tiene que respetar la diversidad del alumnado; la escuela tiene que respetar por igual los derechos de los niños y de las niñas mediante la coeducación. La educación de las funciones corporales es fundamental, lo cual conlleva la necesidad de: una educación física basada en el juego y en los deportes, unas prácticas saludables en el aseo personal, en la alimentación y en el cuidado del medio-ambiente (se recomienda encarecidamente las excursiones al campo debidamente preparadas). El trabajo libre es la base de una escuela que educa, lo cual exige que las actividades jamás sean impuestas al alumnado, debiendo ser consensuadas entre el profesorado, el alumnado y las familias mediante la práctica cotidiana de la democracia. La enseñanza tiene que basarse en hechos, en experiencias acordes con los estadios evolutivos de los educandos, en el interés espontáneo para fomentar la motivación intrínseca, y en la actividad personal basada en proyectos de investigación tanto de tipo individual como grupal mediante el aprendizaje cooperativo. En una escuela educadora, cualquier tipo de castigo corporal está totalmente prohibido e igualmente las recompensas de tipo conductista que solo inducen a los alumnos a realizar el trabajo para evitar un castigo o para conseguir un premio. La escuela no puede ignorar las diversas creencias religiosas familiares, lo cual conlleva la necesidad de respetar todas las religiones mediante la práctica de la neutralidad confesional. La escuela nueva tiene la obligación de formar ciudadanos responsables con los valores y símbolos nacionales, pero sin olvidar que por encima están los valores que son patrimonio de toda la humanidad.