Cinco meses después de su toma de posesión como presidente de Estados Unidos, Joe Biden visita por primera vez territorio europeo como máximo mandatario de la potencia estadounidense, en un viaje repleto de cumbres en el que se verá con los líderes de la UE, del Reino Unido y de Rusia, entre otros. «Mi viaje a Europa persigue que Estados Unidos movilice a las democracias del mundo», ha afirmado Biden, en una postura en las antípodas de su predecesor, Donald Trump: el América ha vuelto bideniano es un giro respecto el aislacionismo de su antecesor.

La política exterior de EEUU se mueve cíclicamente ente el aislacionismo y el intervencionismo. La grosería de Trump con sus socios transatlánticos acentuó las diferencias y dejó a las democracias europeas a su suerte ante Rusia, China y el auge mundial de la extrema derecha que lideraba el propio presidente. Cuatro años después, Biden intenta coser heridas y tender puentes en un escenario poscovid que exige estrategia sólidas y aliados fieles. El pacto del G-7 para fijar un impuesto de sociedades mínimo del 15% es un paso importante.

Con Biden, Europa recupera un socio predecible. Eso sí, la tierra quemada de Trump es vasta y el tablero geopolítico (los equilibrios del pos-Brexit, para empezar), endiablado. Las relaciones con Rusia y_China marcan una agenda en la que están subrayados en rojo la emergencia climática y el mundo tras la pandemia. Ante tales retos, bienvenido sea el viejo aliado estadounidense.

Europa y Estados Unidos deben establecer una relación bilateral de confianza mutua y de múltiples alianzas. Estas no deben ser únicamente económicas, sino también culturales y deben servir como puente de entendimiento entre otras grandes potencias geoestratégicas del planeta. Con Biden se puede haber abierto una etapa fructífera de entendimiento que, sin duda, beneficia a todo el planeta.