Hay algo oscuro que nuestro cerebro no acaba de aceptar en el asesinato de dos niñas. Quizá la bestia que aún habita en la cabeza de esa especie maravillosa y atroz que somos puede controlar más o menos sus instintos (a eso le llamamos civilización) y también puede comprender la violencia para defender la gruta en la que duermes, el pan, el territorio… sin embargo, lo que no puede es comprender el asesinato de los hijos propios a manos propias como arma para hacerle daño a una mujer. Algo se niega, se cierra en banda en nuestro interior.

La maldad más cruda es un misterio que nos inunda de perplejidad cada vez que la miramos a los ojos. Deja en la conciencia colectiva y en cada mirada particular un estupefacto brillo en forma de interrogación. Buscamos explicaciones, hablamos de enfermedades. No nos gusta ver que a veces no hay nada más duro que el corazón del hombre, nada más inexplicable, nada más absurdo. Nada más débil. Nos hiere esa claridad. Solo acertamos a intuir una monstruosa soberbia solapada en un asesino de estas características, una profunda intención dominadora posiblemente frustrada que arrasa con todo, incluidos sus propios hijos y quizá su propia vida.

Cuando ni la inteligencia ni la memoria ni la voluntad son capaces de frenar a un hombre, es ridículo pensar que lo harán el amor o la ternura. Da miedo saberse de una especie capaz de algo así, dan miedo los demás. No hay justicia posible que satisfaga nuestra rabia y nuestra tristeza y vuelva a poner en pie la idea más o menos difusa que casi todos tenemos de justicia. No hay reparación para la muerte de esas niñas ni para la vida que le resta a la madre. Ojalá sea verdad y exista el infierno. Pero, sobre todo, ojalá haya un cielo para todos los niños muertos, un lugar donde por fin esa fragilidad pueda estar a salvo.