Hoy llega al Consejo de Ministros el anteproyecto de la Ley Trans. La propuesta recoge la autodeterminación de género que tantas fricciones ha despertado en el gobierno de coalición. Tras su salida del Consejo de Ministros y hasta su llegada al Congreso, comienza un proceso que durará meses con la posibilidad de aportaciones y enmiendas. Pero es sin duda un paso más en la ampliación de los derechos civiles, protegiendo a un colectivo sin estrechar las libertades de ningún otro. Es como afirmaba, la presidenta de la Plataforma Trans, la última asignatura de la democracia con 43 años de retraso, que ha sufrido una parte de la sociedad sin las mismas oportunidades para acceder a los derechos básicos.

En el resto de Europa son seis los países que exigen únicamente la voluntad personal para poder realizar un cambio de nombre y sexo sin necesidad de informes psicológicos o tratamientos médicos. Y ya existen doce comunidades autónomas que han desarrollado, desde 2015, leyes similares, aunque sin contemplar el cambio de sexo en el Registro Civil por no ser competentes en esa materia. La Organización Mundial de la Salud retiró en 2018 la disforia de género de la lista de trastornos psiquiátricos, bajo el principio de que el sistema sanitario debe acompañar y ayudar, pero no tiene que certificar ni tutelar nada, y así lo recoge el anteproyecto español para los mayores de 16 años. A pesar de todos estos precedentes, hasta de las sentencias del Tribunal Constitucional, la continua polémica pública sobre esta ley ha generado niveles de acoso sobre el colectivo trans, especialmente en las redes sociales, mucho más agudos que cuando los vivíamos en una cierta invisibilidad. Porque existir existen, pero si no te afectaba de cerca por un familiar, un compañero de clase o un amigo eran parte de ese folclore televisivo del que te sentías tan lejano.

Solo con certificar que una mayor visibilidad de la situación genera más rechazo y más riesgo incluso en la integridad física de los afectados es motivo suficiente para constatar que vamos con retraso. Ya no es necesario dar datos de atención psicológica, denuncias por vejaciones o la difícil inserción laboral, la despatologización entre un modo de sentir y la imagen que te devuelve el espejo es solo el primer paso de un proceso largo de igualación de derechos y de dignidad pública. Me resulta difícil entender el feminismo sin la empatía ni la identificación con aquellas minorías que sufren discriminación y acoso. Garantizar derechos a quienes no los tienen no es una amenaza para nadie sino un avance para todos.