No soy ningún adivino, pero estoy firmemente convencido de que los nacionalistas indultados no lo volverán a hacer. Veamos. El reto al Estado lo han perdido estrepitosamente. El artículo 155, como se dijo, dejó de ser un artículo de la Constitución y fue una realidad. Esta primera medida de la presencia y la fortaleza del Estado ha continuado con las sanciones judiciales por incumplir la ley. Un dirigente nacionalista en el Congreso clamaba que no se lo podía creer, que estaban catatónicos porque sus dirigentes estaban en la cárcel. Otro, el 'exconseller' Santi Vila, denigrado y apartado por sus antiguos correligionarios, (menudos sentimientos compasivos tienen estos cristianos dirigentes nacionalistas de misa semanal) señalaba que daban por hecho el delito de desobediencia pero la sedición y la malversación no se les pasaba por la cabeza.

Supremacismo

Acostumbrados a no respetar la ley, a imponer la suya a los demás en multitud de ocasiones, a posicionarse siempre desde una creída superioridad, supremacismo se llama, a comprar voluntades, opiniones y apoyos, vivían de sus fantasías y del dinero público. En ese espejismo retaron al Estado. Como pequeños o grandes burgueses se lanzaban a una acción épica que en una sociedad rica y opulenta como la española colmaba sus aspiraciones vitales, daban sentido a sus vidas y por supuesto a sus bolsillos.

Sus movilizaciones festivas, sus juegos florales y los fuegos artificiales ocultaban y completaban el despiadado desprecio, aislamiento y acoso a más de la mitad de la sociedad catalana y a sus instituciones políticas, creadas, apoyadas y votadas masivamente en la Constitución y en el estatuto en Cataluña. Solo por la fractura social producida ya merecían la sanción política y social correspondiente y, por cada violación de la ley, la sanción jurídica sin contemplaciones. La cárcel ha tenido un efecto pedagógico, les ha acercado, solo acercado, al mundo real y el asunto de los embargos, que toca también a las familias, les está produciendo serios episodios de ansiedad, como parcialmente trasciende a los medios. Algún conseller dimitió antes porque preveía esos costes. De la cárcel han salido desafiantes pero no es más que una muestra de debilidad. Después de calentar a determinados sectores no pueden salir diciendo nos hemos equivocado y os hemos engañado. Hace falta mucho valor y honestidad, algo que no tienen. No lo volverán a hacer ni ellos ni posiblemente sus hijos. La pequeña y grande burguesía, la directora de estos acontecimientos, hace números y cálculos y no traspasa la ley si ello tiene un coste. Así se ha visto en estos cuatro últimos años, salvo Torra para justificar precisamente su súper sueldo de Honorable President, toda la vida por unas pancartas. Hacen cálculos. Los que más, los de la CUP, anticapitalistas, gritan mucho, amenazan, pero no se saltan la ley. Se tientan bien la ropa antes y, eso sí, animan a los incautos a que lo hagan, pero ya no hay jóvenes comunistas que pongan los muertos. Sí, en cambio, jugarán a ese combate «inteligente» que nos anunciaba el prófugo desde Bélgica, al gato y el ratón, bordear la ley, declaraciones sin publicarlas oficialmente, por ejemplo, todo para justificar ante los suyos sus posturas y prebendas.

Frustración

Pero eso, probablemente, llegará en algún momento a causar frustración entre sus seguidores. Si se hace cumplir la ley en Cataluña y el Estado no hace dejación de funciones y no excusa o limita su presencia, la que corresponda, a medio plazo podemos tener un escenario sociopolítico bien distinto. Cumplir la ley no fabrica independentistas como interesadamente algunos pregonan, al revés: se crecen y se multiplican cuando hacen «su» ley y cuando se entra en su juego de sentimientos, supuestos agravios y de ensoñaciones paradisiacas, que se tratan de aplacar con cesiones o con nuevos estatuts. La sanción que han recibido a mí me parece justa, todo es opinable, pues el daño ha sido muy grande. Sin embargo, en la función reparadora y rehabilitadora del derecho penal, el periodo pasado en la cárcel podría haber sido suficiente, a pesar de las bravatas y los desafíos dialécticos. Creo que sí que ha servido para enseñar cómo funciona un Estado democrático y los poderes que tiene y es posible que los indultos puedan contribuir a abrir un tiempo nuevo. Aunque duela lo que se oye, aunque las emociones nos pidan una reparación que no creemos todavía suficiente, la lección ha sido clara y, vuelvo a decirlo, como pequeños burgueses en una sociedad rica, han tomado nota, y digan lo que digan, no les crean, no lo volverán a hacer.

De sus nietos, ya hablaremos, en todo caso ya nos avisó Azaña de las deshonestidades del nacionalismo y si olvidamos la historia, ya se sabe, la volveremos a repetir. Pero, sobre todo, me gustaría oír qué se les va a exigir en esa mesa de negociación, donde hay dos partes, para restaurar la convivencia fracturada por el totalitarismo nacionalista.