Cuenta John Keane en 'Vida y muerte de la democracia' que en la antigua Grecia, las sesiones asamblearias estaban salpicadas de humor gracias a la práctica de algunos oradores que, inspirados en Demócrito, un filósofo presocrático, practicaban el arte de inducir a la risa como medio de persuasión pública. Gracias a ellos, «había momentos muy hilarantes y de burla dirigida a uno mismo, como también momentos parecidos a la escena final de una sátira contemporánea de Aristófanes…».

Recurrir al humor debe de ser la última habilidad que les han recomendado a los de Casado. Siguiendo la estela de Trump, se olvidan del rigor exigible a cualquier político y recurren a la tontería cuando no a la mentira más evidente. Hace tiempo que no se puede esperar de ellos ninguna racionalidad, convencidos seguramente de que visto lo visto en Madrid, hay un electorado que se tragan lo que le echen, aunque estén padeciendo el progresivo deterioro de los servicios públicos y las crecientes transferencias de dinero público al sector privado. Eso sí, con mucha «libertad» y muchas risas. El electorado no pide cuentas sobre la gestión realizada e incluso premia el desparpajo ignorante y hasta la gestión desastrosa.

El Gobierno de Rudi dejó una deuda cercana a los 50 millones gracias a su plan que adelantó la edad de jubilación de los 70 años a los 65 y que fue tumbado por el Supremo en el verano de 2018. Hasta el momento no he escuchado de ella o de sus sucesores el más mínimo comentario que signifique pedir perdón a los aragoneses y asumir las consecuencias de semejante pésima gestión.

Aquella presidenta que, con su mirada altiva y altanería sin límites, se permitía ir a la Universidad a echar broncas fuera de lugar, podía auditarse ella misma, dimitir de su cargo de senadora otorgado por las Cortes de Aragón y recordar a sus sucesores que son 50 millones, y que sugieran a ver de dónde se quitan.