La más importante y trascendental victoria no la obtuvieron Tommie Smith y John Carlos (atletas negros estadounidenses que ganaron el oro y el bronce en la final de los 200 metros, en las Olimpiadas de Méjico 68) en la pista, sino en el podio.

Aquel día –16 de octubre de 1968– tras serles colgadas las medallas y cuando comenzaba a sonar el himno de los Estados Unidos, Smith y Carlos bajaron la cabeza y levantaron sus puños, enfundados en guantes negros de piel. Símbolo de inequívoco apoyo al 'Black Power' y al movimiento de los 'Panteras Negras' que luchaban por los derechos de los negros en su país.

Cuando aquella icónica imagen fue tomada, hacía tan solo unos meses (fue el 4 de abril de 1968) que había sido asesinado Martin Luther King –el líder del movimiento por los Derechos Civiles de la población negra– y la guerra de Vietnam (que en 1968 ya se había cobrado la vida de más de 15.000 soldados americanos) llegaba a su punto álgido de impopularidad.

Estrecho margen

Y a pesar de que el presidente conservador Richard Nixon ganaría las elecciones que se celebraron apenas tres semanas después de aquel histórico «puño en alto» de los dos medallistas olímpicos negros, lo cierto es que su victoria se produjo por un muy estrecho margen respecto a su oponente, el demócrata Hubert Humphrey. De manera que las Olimpiadas de Méjico 68 estuvieron también presentes en la campaña por la presidencia de los Estados Unidos de aquel año.

Aunque el caso más claro de propaganda de unos juegos olímpicos se produjo en las Olimpiadas de Berlín de 1936, organizadas por la Alemania nazi de Hitler. Aquellos juegos fueron planteados como 'Il Rissorgimento' de una nueva Olympia en el corazón de Europa, proyectada al mundo (con retransmisiones de televisión en directo de las pruebas incluidas) como muestra de las excelencias del totalitarismo nazi.

Y como acto final de aquella magna puesta en escena, los triunfos a los que habrían de estar llamados los todopoderosos atletas de la raza aria. De hecho los olímpicos alemanes que participaron en las distintas competiciones hubieron de prestar antes el juramento solemne de «sacrificarse para realzar el prestigio alemán en el mundo». De ahí el ardor de estómago y la consiguiente indisposición que Hitler sintió después de que un atleta negro de Estados Unidos, Jesse Owens, pulverizara récords y ganase hasta 4 medallas de oro en otras tantas pruebas de atletismo.

Así mismo, la Rusia soviética de Stalin, la mejor maquinaria de propaganda política que jamás haya existido, contraprogramó (a través de la Internacional Roja Deportiva, como órgano auxiliar de la Internacional Comunista, o Komintern) aquel magno evento, valiéndose para ello de la Olimpiada Popular de Barcelona de 1936. Una contra-olimpiada de trabajadores (semejante a las Olimpiadas Obreras que comenzaron a celebrarse en Frankfort en 1925 y a las Espartaquiadas soviéticas de 1928) organizada por los gobiernos de la Generalitat de Cataluña y del Frente Popular de la República, que decidió la no participación de España en la Olimpiada de Berlín. Los Juegos Populares de Barcelona deberían haber tenido lugar entre los días 22 y 26 de julio de 1936, pero el estallido de la guerra civil en España (17 de julio) impidió su celebración.

Después de la II Guerra Mundial las olimpiadas siguieron constituyendo esenciales actos aptos para la propaganda. Porque las victorias de los deportistas eran también las del bloque (occidental o soviético) al que pertenecía su nación. Fruto de aquellas ansias de victoria fueron las icónicas atletas de la exRDA (andróginas y musculosas) y sus medallas olímpicas conquistadas a base de testosterona, bajo el amparo de unas pruebas antidopaje carentes de su actual eficacia.

Boicots en la Guerra Fría

Ya en los años finales de la Guerra Fría, concretamente en 1980, cuando los Juegos Olímpicos se celebraron en Moscú, Estados Unidos decidió no participar como protesta (paradojas de la vida) por la invasión rusa de Afganistán. Claro que en 1984, los rusos pudieron desquitarse, no participando en las Olimpiadas de Los Ángeles.

Pero no nos vayamos tan lejos. El pasado 23 de julio, como encargada de encender el pebetero que da luz a los actuales Juegos Olímpicos de Tokio, la gran tenista japonesa Naomí Osaka, aprovechó la ceremonia para reivindicar su negritud. ¿Un posmoderno 'déjà vu' de Méjico 68 en apoyo al movimiento 'Black Lives Matter?' Del mismo modo, la extraordinaria gimnasta estadounidense Simone Biles acaba de anunciar que deja a su antiguo patrocinador (una conocida marca de deportes) por otro que se acomoda más a sus valores y reivindicaciones sobre una mayor presencia de la mujer en la sociedad. Así que, vista la trascendencia que el deporte olímpico ha tenido y sigue teniendo para la defensa de las causas, no sería de extrañar que en muy poco tiempo veamos a los políticos abandonar el escaño para (como diría un argentino) cambiarlo por la cancha.