Siempre que circulo por la carretera N-260 al llegar al lugar donde durante años se ubicó el cámping Las Nieves de Biescas se repite la misma escena. Giro la cabeza y sobre la imagen real del edificio de la antigua recepción pasan como un vídeo a muchas revoluciones las de aquel 8 de agosto de 1996. El día después. Porque del día 7 mi cerebro solo guarda terribles sonidos. Son los que revivo cuando atravieso el pequeño núcleo de Escuer. Tardé muchos meses en volver al lugar. La primera vez no pude contener la emoción, todo estaba demasiado vivo aún, y además tocaba rememorar con palabras lo ocurrido. Después ha habido muchas más veces, pero aunque ya no ha sido necesario repetir y repetir lo vivido, los sonidos y el torrente de imágenes siguen persiguiéndome. Han pasado ya 25 años, muchos detalles de aquella tragedia se han desvanecido entre páginas y páginas de informaciones relacionadas con el mayor desastre natural sufrido en el Pirineo, pero aun hoy sería capaz de recomponer las 48 horas más frenéticas que he vivido nunca. Entiendo perfectamente a los vecinos de este municipio que como colectivo desean pasar página de un suceso que, quieran o no, estará unido a la historia local. Lo ocurrido en Biescas aquel día de agosto no solo fue crónica de sucesos nacional e internacional, también solidaridad, empatía y dolor compartido. Supuso un antes y un después en el tratamiento psicológico a las víctimas de una tragedia, un antes y un después en la normativa reguladora de instalaciones de acampada, que se volvió mucho más dura, y debería haber sido, ser, ejemplo de lo que no puede repetirse a la hora de diseñar infraestructuras y ordenar el territorio. Los periodos de retorno de los fenómenos meteorológicos extremos que se barajaban en esta zona quedaron con este episodio totalmente desfasados. Las señales de alerta del planeta se han acelerado desde entonces. Escuchémoslas.