Dónde estabas el 11 de septiembre del 2001?», me preguntaron el otro día. Pues me encontraba en casa, recordé, y vi caer las Torres Gemelas en directo y por televisión, anonadado y sobrecogido. Bueno, realmente cuando los dos aviones se estrellaron yo tenía la televisión encendida, pero en otro canal. Estaba viendo una entrevista en Lo Más Plus a Paz Vega, que había estrenado unas semanas antes la fascinante Lucía y el sexo, de Julio Medem. En lo mejor de la entrevista sonó el teléfono. Era mi mujer, desde el trabajo, y me preguntó: «¿Estás viendo la tele?». «Claro», le respondí sin pensar, «Paz Vega está guapísima».» «¿Pero qué Paz Vega ni qué narices? Pon las noticias, anda, que están atacando las Torres Gemelas».

Y allá que me fui, abandonando la entrevista con gran pesar. Ya se habían estrellado los dos aviones entonces (lo vería en varias tomas, una y otra vez, como si a base de repetir las imágenes pudiéramos entender aquella locura), y las torres humeantes todavía no se habían venido abajo. Recuerdo la sensación de irrealidad, de asistir a un acontecimiento histórico como salido de una película catastrofista. Me dio mucha pena verlas derrumbarse finalmente. Yo había estado dentro de ellas; en las dos, además. En la terraza de una y en la cafetería de la otra. Y de pronto ya no existían. Me sentí un poco gafe, como un turista torpe que arrasa por donde pasa.

Creo que dos años después volvimos a Nueva York para redimirnos, para comprobar que todo seguía bien, que seguía siendo una de nuestras ciudades favoritas. Y todavía volvimos una tercera vez, más adelante, pero ya solamente por vicio.

Hoy se cumplen veinte años de aquella jornada funesta que cambió tantas cosas; las fotografías y los documentales conmemorativos nos recuerdan que Nueva York está ahí y que nos está llamando.