«n o hemos venido aquí para deciros que está dura aquí la vida abajo, para eso está el jornal, la ley y el palo, por eso la miseria, el herido y el condenado».

Pongamos una tarde lluviosa de septiembre. En un lugar del Pirineo. Quizá en Espierba, donde aún resiste héroe Ángel Luis. Hace años. Décadas. Concierto de La Bullonera y Labordeta en los estertores de la dictadura o en el alumbramiento de una democracia débil. Gente rejuntada con niños en brazos, en el pasto escuchando arrasados cánticos de libertad y justicia social. Emoción, lucha y sueños. Otros tiempos, dicen.

Murió esta semana uno de ellos, Javier Maestre, hundiendo a algunos, los que lo vivieron y los que lo heredamos, en un tristón sentimiento de nostalgia de esos otros tiempos que nos dicen. La Bullonera le contó al Aragón levantado contra el valle inundado, el estatuto apaleado, le cantó a los de Huesca y de Teruel, como a los zaragozanos, puestos en pie, en su unión como pueblo. Ladró contra el trasvase y la base, contra el mal patrón y exigiendo libertades, igualdad y derechos. Alzó eso que se percibe extinto, la conciencia de clase, la identidad, el orgullo por una tierra… rasgueo de esperanza y reivindicación. Otros tiempos, dicen.

Quizá el adiós de Javier Maestre sirva para recuperar ese cantar contra el desequilibrio al que se enfrenta Aragón latente. En la que unos se llevan los de otros. Donde el pueblo sigue abasteciendo a la ciudad insaciable. Donde los trenes pasan de largo hasta desaparecer mientras aeropuertos engrandecen su opulencia. Donde las autovías piden brea en el olvido. Donde la PAC olvida al pequeño. Donde la energía se sigue generando aquí para los de allí sin dejar poco más que fealdad. Donde la factura de la luz incrementa más para el que no tiene que para el que le sobra. Donde las tierras de interior se dejan llevar riqueza, juventud y talento al exterior o al Madrid llorón. Donde el norte se alimenta de la pobreza del sur. Donde la patera se hunde por alcanzar la orilla de nosotros, los ricos. Donde la muerte y el abuso sigue sin ser noticia según quien la ejecute. Donde la injusticia es. No era. A la que se canta poco y se combate solo en el jaleo polarizado y menos en la calle fundida.

Me congratula pensar que ese espíritu nostálgico de La Bullonera renacerá en un Aragón rural abrazado bajo esa maravillosa lluvia eterna de Espierba. Una tierra de gente reivindicativa y de lucha, que se desperece en exigir igualdad, derechos y dignidad. No de antes. De ahora. De siempre. En un grito sin cuartel.