A veces los conceptos de espacio y tiempo nos engañan y sorprenden. A veces no somos conscientes de que lo que parece lejano puede producirse en nuestro país, en nuestra calle, en nuestro barrio y en nuestro propio cuerpo.

Por ejemplo, la vejez. Parecía algo lejano que llegaría tarde. No la veíamos cercana. Sin embargo, ahí está, rondándonos con una avería más y esas señales que nos transforman y van borrando nuestra juventud: canas, nuevas arrugas en el rostro, las fuerzas físicas que flaquean; aunque la moral siga como si tuviéramos veinte años. Imbatible. Porque siempre nos hemos sentido jóvenes. Batallando en varios frentes para que la sociedad progresara con nuestro apoyo y que todo saliera bien. Y, ahora resistiendo para que la vejez cercana no sea un tostón «en plena tiranía de la juventud y de la imagen», como bien dice la psicóloga Anna Freixas en su libro Yo, vieja.

También nos parecía que ese virus mortal y silencioso que se localizó en China era algo lejano, muy lejano. En la vieja Europa creíamos que todo lo malo, las grandes catástrofes y las guerras nunca llegarían a nuestra zona de confort. Hasta que lo lejano se convirtió en una epidemia mundial y atravesó países y continentes. Y ahora convivimos con la pandemia con más prudencia y comedimiento para salir de esta maldición. En este sentido, las vacunas ayudan, pero todavía sería más efectiva la obligatoriedad de vacunar a quién se niegue o se crea inmune por su propia estupidez humana.

Desde lejos vemos esas terribles imágenes de mujeres afganas en la universidad de Kabul separadas en la misma aula por una inmensa cortina de sus compañeros los hombres. Parecen muy lejanas, como de otra época, pero son tan recientes que asustan.

Vuelve la segregación por sexos y a las mujeres se las condena a no tener libertades. A estar secuestradas dentro de su propia indumentaria. Afganistán sigue viviendo una cruel pesadilla de represión y de terror con los talibanes al mando. Ese ejercito de terroristas, creado y sufragado por los Estados Unidos, que ha despertado de la lejanía medieval para apoderarse del presente.

Y esos sucesos que vemos todavía lejanos avisan de lo que podría pasar más cerca, con la extrema derecha creciendo en Europa y lanzando su discurso del odio hacia el diferente. Segregando la educación privada en colegios para niñas y colegios para niños. Con gestos tan peligrosos como volver a colocar en el callejero de Madrid al fascista José Millán-Astray (fundador de la Legión y de Radio Nacional de España). Persiguiendo y dando palizas de muerte en plena calle a jóvenes por su condición de homosexual. Con la amenaza, aún soterrada, de que si llegan a gobernar derogarán leyes como el aborto, la eutanasia, el salario mínimo y todas las conquistas sociales que ha traído el progreso y la igualdad a este bendito país, llamado España.