Si hace mucho que no van a una boda les recomiendo que hagan un cursillo prematrimonial para ir preparados y no les pille de nuevas. Van a flipar. Si esperan paletilla de ternasco, desabrocharse el cinturón en los entremeses, tartaza de nata hasta el regoldo cortada a espadazo, que les caiga el ramo en la cara, puro, copa y que se besen, que se besen… Es que son vecinos de Pajares y Esteso. ¡Boooooomer!

Marta y Carlos se nos han fundido para la eternidad. Uno de Benabarre y otra de Tolva. Compromiso muy ribagorzano. Para empezar el oficio fue en una granja de cerdos. Nada más propio de esta tierra del tocino. Restaurada y vacía de animalicos, hay que decir. Los únicos bichos iban de copete, de domingo, con el traje bueno y los pelambres en su sitio. Menos uno. No digo quién.

Sigamos con la modernidad. En el desfile nupcial una de Metallica. El cura no era cura. El triste de la casulla fue sustituido por una panda de colegas diciendo preciosidades, bonitas, verdades de uno y del otro con ánimo de encadenar la nostalgia con la carcajada y concluir con la lagrimica emocionada. La gente con el móvil grabándolo todo y metiendo filtros a cascoporro para salir aún más monos.

En el convite había food trucks de esas, piscinica para remojarte, mojitos de vermú, más música chimpún chimpún… y de comida, nada; merienda-cena. Ellos no pararon, de un lado a otro, repartiendo regalos mientras sonaba a todo trapo una BSO a golpe de tímpano perforado. Estaban muy guapos. Eran felices. Con eso basta.

Una boda en un pueblo es otra cosa. Mucho invitado. Mucho. Y mucho de qué hablar las semanas siguientes. En Tolva vamos a tener conversación para rato. Porque después de Marta y Carlos vienen el Edu y la Cris y el Dani y la Crica. Tres en un mes. Cosas del desatranque de la pandemia. Y del amor. Papeles.

Pero más allá de la crónica rosa, de mira cómo iba ese en camiseta o quién era esa niña tan mona que iba con ese viejo, estas celebraciones, civiles, religiosas o por lo criminal, son mucho más en estos parajes del abandono. Significan vida, significan un compromiso entre ellos y con el territorio, hablan de gente joven que decide quedarse o venirse, que quizá hasta críen y estiren una generación más lo que es inevitable o no. Es una esperanza, casi un grito de resistencia que ya no es un «sí, quiero» entre dos, es una afirmación hacia un lugar y una forma de ser y de existir.

Porque el que vivan los novios no pasará de moda en la boda. Pero que vivan en el pueblo. Enhorabuena, valientes.