El impacto de la crisis de los semiconductores está resultando demoledor para la economía local, nacional y europea. Las principales plantas del sector de la automoción se encuentran paradas temporalmente por falta de componentes. En la factoría de Stellantis en Figueruelas ya se han dejado de fabricar 100.000 coches y cerca de 1.000 empleados han sufrido algún tipo de afección por los parones. Hasta el próximo 4 de octubre no se van a producir automóviles. El principal sector estratégico aragonés, que representa el 22% del PIB, está amenazado.

Esta crisis afecta especialmente a España, ya que es el segundo fabricante de automóviles de Europa. Según datos de Anfac (Asociación Nacional de fabricantes), en los ocho primeros meses de 2021 la producción de vehículos ha caído un 25,3% en comparación con el mismo periodo de 2019. Se calcula que este año se dejarán de fabricar 500.00 vehículos y 200.000 empleos directos e indirectos se verán afectados.

El comienzo de esta situación viene de lejos. Europa pasó de producir en 1990 más del 44% de la fabricación mundial de semiconductores a solo un 10% en la actualidad. Este nuevo mapa provoca una dependencia extrema de las plantas asiáticas –principalmente ubicadas en China y Taiwán–. La pandemia no es la culpable de la situación, solo se ha encargado de evidenciar este desequilibrio. Y no solo afecta a la industria del automóvil. Buena parte del peso de la crisis recae también en los fabricantes de electrodomésticos –como BSH en Aragón–, en la electrónica de consumo y en cualquier otro sector industrial cuya producción dependa en mayor o menor medida de los microprocesadores. No es un problema puntual, la demanda de estos componentes continuará incrementándose a pasos agigantados con el desarrollo tecnológico de las telecomunicaciones y será aún mayor con la llegada masiva de la movilidad eléctrica y del vehículo autónomo y conectado. Actualmente la electrónica y los semiconductores suponen aproximadamente el 35% del coste total del vehículo y este porcentaje tiende a multiplicarse. No es preciso aplicar reglas matemáticas para darse cuenta de que Europa necesita factorías que fabriquen microchips.

Esta crisis puede ser coyuntural pero debe considerarse como el punto de inflexión que permita a los países europeos establecer una estrategia a medio o largo plazo con la que competir en el negocio de la movilidad, donde la electrónica es más estratégica que algunos componentes tradicionales.