Se dice que el dinero no da la felicidad pero que ayuda. Bueno, pues llegado el caso, diremos que este país alcanza un muy elevado nivel de cuánto de feliz se siente la ciudadanía, escasamente por debajo de algún país nórdico, no de todos. Sin embargo, nuestro nivel de renta es inferior a esos países y a otros como Alemania o Francia, que son sustancialmente más «infelices». Sin duda habrá cuestiones idiosincráticas como las relaciones familiares, sociales y culturales y otras, probablemente, menos determinantes como el clima. Sin embargo, en estos tiempos, siglo XXI, que nos hayamos liberado de determinadas restricciones a nuestras libertades individuales, de tanto oscurantismo, de tantas amenazas con el fuego eterno, en fin, de tantos anuncios apocalípticos, sin duda han generado espacios de libertad que producen bienestar individual y colectivo. Así, a pesar de nuestros peores niveles de renta respecto a otros países, a pesar de nuestras tasas de desempleo y otras cifras macroeconómicas, la española es una sociedad altamente feliz, según rankings internacionales. Y coinciden todos ellos.

Este año se cumple el 40 aniversario de la aprobación de la ley de divorcio. Esta, como otras políticas libertadoras, como el aborto, el matrimonio homosexual y, recientemente, la eutanasia, han sido objeto de cuestionamientos y ataques furibundos. Siempre con los mismos actores en contra: la Iglesia y sectores de la derecha política. Enemigos de la libertad, aunque se proclamen liberales, profetas del fin del mundo detrás de cada medida. Ignoran, con su ciego fanatismo, que ni el divorcio, ni el aborto ni la eutanasia, son cosas agradables para quien le toca. Ni la familia ha desaparecido, ni la gente se ha puesto a abortar en cada esquina, ni hay colas para practicar la eutanasia. En el fondo, y en la superficie, sus detractores son esclavos de interpretaciones despiadadas y crueles. Se lo deberían hacer mirar.

Estas libertades hoy se dan como un hecho natural, algo consustancial de una sociedad moderna, como si hubiera sido así toda la vida. Se olvida el coste de conseguirlas. Como consuelo para sus defensores, diremos que están tan ampliamente aceptadas y que, a pesar del retorno de ideologías que nos llevan a tiempos muy muy pasados, la sociedad no aceptaría una vuelta atrás. En cualquier caso, la ciudadanía, particularmente los menores de 40 años, deberían saber que la España de aquellos tiempos felizmente superados no fue como la tenemos hoy, que éramos un país, una sociedad opresiva e intolerante. El infierno en la tierra para alcanzar el paraíso en el cielo, mientras unas elites político-económico-religiosas disfrutaban, es un decir, de la vida. De hecho, ahora hacen uso de esas libertades más que la media. Se ha perdido la cuenta de los divorcios de Álvarez-Cascos.

Somos una sociedad bastante feliz en las comparaciones internacionales y hemos sido capaces de ponernos en un alto nivel en las libertades sociales con resultados como el elevado nivel de donaciones, las respuestas de solidaridad internacional y recientemente el éxito de la campaña de vacunación, que también tiene un matiz de responsabilidad colectiva.

El responsable alemán en esa materia explicaba el éxito del plan de vacunación en España en que aquí el confinamiento nos afectó muy duramente, mientras que en Alemania no fue tan severo Yo quiero pensar que hubo una respuesta positiva a políticas razonables y una oposición calmada, en una primera fase, y que la sociedad española tiene cierto espíritu solidario en las dificultades.

Los incumplimientos en las primeras semanas fueron mínimos incluso después de que aparecieran los cayetanos, esos que salían con las cacerolas pidiendo libertad, lo que nunca antes jamás reclamaron.

Se suele considerar el valor de las políticas públicas por su contribución al bienestar social en términos económicos. Hay sin embargo otras políticas cuya cuantificación económica es realmente difícil de hacer. Suponiendo que se evaluaran (los economistas nos atrevemos con todo), veríamos algo complejo de medir y discutible, pero de elevado valor económico.

Se trataría de elementos intangibles, buenas relaciones sociales, confianza en las instituciones y en la ciudadanía, participación social y política, cuestiones que hacen que la vida merezca la pena. Para el bienestar de una sociedad, que vaya bien la economía es necesario, pero no sólo eso.

No solo de pan vive el hombre, hay otras muchas cosas. La gente joven y no tan joven debería recordar de dónde venimos y darnos un chute de autoestima que creo honestamente que como sociedad lo merecemos, frente a tanto ruido y a tanto líder enfadado.