Si ver a cientos de lectores despedir a una escritora en su funeral llevando sus libros en la mano no les ha convencido de leer a dicha autora, no será esta columna la que lo haga. Por eso no les voy a vender la moto de lo maravillosa que era Almudena Grandes (sí, yo también la conocí, si cenar con ella y presentarle un libro significa conocer a alguien). Solo quiero contarles cómo la descubrí: como tantos otros, con Malena es un nombre de tango, que es el libro que le pedí que me dedicara. Es el libro que, junto con Mil soles espléndidos, de Khaled Hosseini, más he regalado a mis amigas. Nunca he leído Las edades de Lulú, en cambio. Pero sí toda la serie de Episodios de una guerra interminable. Mi favorito, a día de hoy, es El lector de Julio Verne. De Los aires difíciles recuerdo la tristísima historia de Sara Gómez, que todo lo tuvo y todo lo perdió, y de cómo me marcó la crueldad de los ricos en su historia de ficción.

He retirado de la librería algunos de sus libros para hojearlos otra vez. Todos están sobadísimos, porque no bajan de las 500 páginas y yo tengo la manía de leer paseando el libro conmigo por la casa: si voy al baño, me lo llevo; si estoy en la cocina, lo tengo al lado para, entre huecos y esperas, seguir leyendo. Mis libros de Almudena Grandes están leídos y sobados, y también disfrutadísimos. Cuando me enteré de su fallecimiento, mi primer pensamiento fue egoísta: «¿Habrá terminado el último libro de los episodios?» Sigo preguntándomelo, me duele pensar que nunca volveré a abrir un nuevo libro suyo. Mientras, busco Malena y releo su dedicatoria: «Para Marian, que ojalá vuelva a disfrutar de esta chica de la Movida». Pues eso voy a hacer.