Ese olor. Ese aroma a tronco chamuscado. Es perfume de pueblo de toda la vida. Dentro queda el calor. Fuera, el invierno congelado. La chimenea cruje en su danza de fuego, los calcetines de lana de oveja gorda, el abrazo pecador del amante, la copichuela a sorbos y la mantita a cuadros. Las velas tintinean para completar la estampa de moñas. Echa otro leño, Rosendo.

No se engañen. Esto pasa en Disneyland. Por los interiores de España la cosa cambia. La lujuria de la estufa de leña pasó de largo. La leña es de pobres. El peles es lo que se lleva. Limpio y en bolsas. O el gasoil maloliente a todo meter que te trae la cisterna. Esas fotografías de romance alrededor del fuego son otro trampantojo que no te creas si te quieres cambiar al campo. Detrás hay currelo. Propio o de otros.

Porque el acarreo de la leña es duro. El burro eres tú. Ni el monte es de todos. Tiene dueño y no le gusta que se lo toquen. Y para hacer poda para el fuego hay que pedir permiso. Furtivos de esto hay. Hay que comer. Y cuida no te vayas a cortar los pinreles con la motosierra.

No es tontada. Porque lo del hacha queda muy chulo como complemento de hípster en Malasaña, porque aquí hay que tener buen cuadríceps para partir la rama. Lo cuqui se acaba con un mal golpe de lumbares. Luego déjalo todo apilado de forma geométrica para que la pirámide rústica no se te venga encima. Leñera o tejadete para que la lluvia no te moje el almacén. Hay tajo.

Leía por ahí y por allá que la subida de la luz está haciendo que la gente se quite las calefacciones de enchufe y vuelva a la madera. Más natural. Más ecológica. Más preciosa. Lo vendían como un lujo. Más cochina también. La ceniza mancha como el chocolate amargo se deshace en la boca dulce. Más barata. Señala un problemón.

Ahora que sube la factura a la altura de Mark Eaton y arrecia el frío o te cubres de capas o pagas. Y no todos tienen esas licencias. En la ciudad y por aquí. La pobreza energética no la curan ni los miles de placas fotovoltaicas que quieren instalar por decretazo verde. Ni las autopistas eléctricas por las que Tolva sigue en pie.

40.000 familias aragonesas, el triple que en 2018, se beneficiarán este año del bono social térmico con una ayuda de 90 euros para la calefacción. El Gobierno de España ha actuado ante una urgencia de primera necesidad, que crece tras la pandemia. Porque nada de romántico hay en aguantar encerrado durante meses en la habitación del fuego de esa enorme casa para no terminar como Han Solo en Bespin. Congelado o arruinado.