Es por desgracia la educación en España uno de esos caballos de batalla sobre el que parece imposible que dos jinetes cabalguen juntos. Partido Popular y Partido Socialista, izquierda y derecha han sido incapaces de ponerse de acuerdo en sus aspectos más básicos o elementales, con la consiguiente inestabilidad y sucesivos cambios de programas, de libros de texto, optativas, etcétera. Así, ha sido imposible educar bajo criterios unánimes a las últimas generaciones de españoles.

En Aragón, nuestros alumnos siguen llegando a la Universidad sin tener la menor idea de arte, literatura o historia aragonesa.

Los pocos y mal enseñados conceptos que intentan asimilar a través de sus manuales de Educación Secundaria o de Bachillerato son tan elementales y están tan mal expuestos que, más que enseñarles a conocer o amar nuestras señas de identidad, les impulsan a ignorarlas o aborrecerlas.

La mayoría de esos manuales están orientados a enriquecer a sus editores, cuya relación con la cultura, con la creatividad o con la mera eficacia didáctica son tan nulas como las lecciones con las que aburren y desinforman a nuestros miles de jóvenes. Mientras tales sellos editoriales se enriquecen económicamente, nuestros bachilleres se empobrecen espiritualmente. Por culpa del actual y ridículo sistema educativo desconocen quiénes fueron Jaime I o Fernando el Católico, qué escribieron Marcial o Ramón J. Sender, cuál fue el proceso formativo y creativo de Francisco de Goya, quienes componían el Partido Aragonés en el siglo XVIII, cuánto duraron los Sitios de Zaragoza o qué descubrió Ramón y Cajal. Tampoco tienen la menor idea nuestros alumnos de colegios e institutos, de la privada o la pública, acerca de qué será eso de la autonomía de Aragón, para qué servirá, a qué nos compromete nuestro Estatuto, o cuáles fueron las aportaciones de la Corona de Aragón a las instituciones medievales y renacentistas, desde el Justicia a las Cortes, desde la conquista de Mallorca a la de Sicilia, desde los fueros hasta el mudéjar aragonés...

¿Solución? Evidentemente, corregir el sistema de enseñanza. Pero ¿quién, o mejor dicho, quiénes se atreverán a cabalgar ese caballo de batalla?