Escena 1. El beso. La mujer se fijó en él porque durante esos días frecuentaba el mismo bar donde se tomaba un café a medio día cuando terminaba su turno de trabajo. Le pareció un hombre atractivo y con una bonita sonrisa cuando se desprendía de la mascarilla y saludaba a la camarera rumana. Una mañana ella se atrevió. Hablaron y quedaron en verse al día siguiente en su casa a tomar un café. La mujer durmió mal la noche anterior. Sabía que iba a acostarse con un desconocido al que deseaba. También temía el contagio. Hicieron el amor con las mascarillas puestas. Sin besos. Todo fue rápido y frío. Ella impuso la norma. Nunca recordará el sabor de su boca, pero está tranquila.

Escena 2. Cena de Navidad. Como es habitual en estas fechas las familias se juntaron en casa de los padres. Hijos, nietos, cuñados, hermanos, cada grupo procedía de distintos lugares, y todos se conocían. Pero la armonía se tornó en preocupación cuando uno de los cuñados anunció, días antes del encuentro, que no estaba vacunado porque practicaba esa extraña religión de no inocularse con cuerpos extraños. En casa de los anfitriones hubo fuertes discusiones sobre la conveniencia de que el marido de su hija compartiera mesa con el resto de la familia. El tema se zanjó con la firmeza de la abuela que dijo rotunda: «Yo he pasado una guerra, he parido hijos, y me han vacunado tres veces para no morirme sola en un hospital. Así que si viene ese zángano insolidario a contagiarnos, yo me quedo en la residencia». Cancelaron los vuelos.

Escena 3. Hospitales. Según las noticias de los titulares de la prensa en los hospitales públicos de Aragón un 9% de los sanitarios (incluidos los médicos) afirman que no están vacunados amparándose en su libertad de elección. Con este espeluznante dato por bandera atienden a los enfermos del covid y a los demás con riesgo de contagio masivo. Y, por lo visto, nadie les pone en su sitio, que no es otro que en la calle. Es sencillo: que se queden confinados en sus casas y suspendidos de empleo y sueldo hasta que por su propio pié hagan fila para solicitar las vacunas correspondientes. Sin obligarles, ¡por supuesto!

Escena 4. En los restaurantes. La hostelería, que tanto se ha quejado durante estos meses de controles en pandemia, ahora hace caja con reservas de grupos numerosos y debe advertir que se pedirá el pasaporte covid para entrar en sus establecimientos y sentarse a la mesa. Los encargados son los responsables de indicar, amablemente, a quienes no presenten el documento que abandonen el local. En ellos recae esta responsabilidad, que ya resulta obligatoria en los países europeos. Lamentablemente he presenciado en tres ocasiones como o bien nadie pide que enseñes este salvoconducto sanitario, o permiten mezclar a los que cumplen las normas escrupulosamente con los que pasan de todo y se pavonean ante los demás alardeando su imbécil ignorancia. Aunque siempre hay alguna valiente que advierte al camarero «O se van ellos o nos vamos nosotros. Usted elige».