El Gobierno, apoyado en las peticiones de algunos ejecutivos autonómicos, ha decretado una medida que no sirve para nada: las mascarillas obligatorias en exteriores. Las apelaciones a la ciencia, se sabe, tenían buena cantidad de impostura: los comités de expertos no existían, las reuniones con los 100 economistas eran inanes, España 2050 no era la mirada larga y visionaria de Iván Redondo sino la cooptación a base de adulación de unos cuantos académicos bienintencionados. Ciencia era lo que quisiera el gobierno y criticar las medidas era ir contra la ciencia: deslegitimación de las críticas y evasión de responsabilidades. La medida de las mascarillas, según la ministra de Sanidad, se amparaba en informes alemanes y americanos y en un estudio del Instituto Carlos III. El estudio que justificaba la imposición, desveló Vicente Vallés, era en realidad un sondeo entre ciudadanos.

En una época se alertaba del peligro de las noticias falsas. Angustiaba tanto que el CIS preguntaba a los ciudadanos si había que limitar los bulos y remitir toda la información a fuentes oficiales. Con los bulos al gobierno le pasa lo que nos pasa a todos en nuestros trabajos: que le molesta la competencia aunque le estimule para ir más lejos. De la tardanza en la respuesta al virus, ideológicamente motivada y confirmada por las críticas autocelebratorias de Yolanda Díaz, no se ha concluido nada: como no hay responsabilidades penales se extinguen las responsabilidades políticas. Hubo un millón de multas ilegales. Los estados de alarma eran inconstitucionales y eso tampoco ha provocado ninguna reacción, más allá del non sequitur: lo volvería a hacer porque salvó vidas, dijo el presidente.

Ahora tenemos una variante muy contagiosa pero parece que menos grave entre la población vacunada. Los medios hemos pasado de la preocupación legítima a alentar el miedo. Probablemente, también nos encargaremos de aplacarlo riéndonos de quienes están asustados. Como ha escrito Ricardo Dudda, la mascarilla en exteriores es «una medida anticientífica que busca responder a una realidad irracional». La decisión, pura concesión a la irracionalidad, al virtue signalling y al control social, es absurda. Muestra que el gobierno es capaz de imponer normas sabiendo que no sirven para nada. Es un abuso de la disciplina de los ciudadanos, que fue importante en el éxito de la vacunación. El amo del Lazarillo que se llevaba un mondadientes a la boca para simular que había comido era ridículo, pero no obligaba a los demás a serlo.