Hay que ver con qué malas uvas ha empezado el año. Parece que el día 1 desayunamos tigre de bengala. Es verdad que 2021, al que augurábamos prometedor, ha resultado ser un poco borde. Salvo la vacunación y cuatro cosas más, no ha cumplido nuestras expectativas. No se ha llevado consigo el virus, al contrario nos lo ha dejado desbocado, no ha traído la normalidad que ansiamos, ni la concordia social y política, nos deja las arcas públicas más vacías, los precios más altos, los sueldos igual de mal, las previsiones económicas parecen la conga, y a los tontos y a los idiotas los ha hecho más fuertes dándoles ínfulas. Menos mal que antes de irse apagó el volcán.

El año nuevo ha entrado de forma ñoña. ¿Qué es eso de referirse a él como 'patito, cero, patito, patito?' Con ese eslogan, que he oído repetidas veces, vamos directos al abismo. Donde esté una buena campaña, a poder ser incendiaria o destructora, que se quiten las chorradas. Eso sí, pediría a los artífices, sean lobis mediáticos, empresariales o las fontanerías de los partidos, que se haga en tiempo y forma, por favor, que no vayan con retraso que se nota mucho. Me quedo con dos.

En Francia empezaron el primer día del año. La decisión del Gobierno de Emmanuel Macron de colgar la bandera de la UE del intradós del Arco del Triunfo y de iluminar edificios emblemáticos de París en azul y con estrellas para celebrar el inicio de la presidencia de la Unión, fue motivo para que la derecha, la ultraderecha y, de rebote, la oposición –vía tuits, por supuesto– provocaran tal ruido que 'le drapeau' duró apenas 24 horas. Una marcha atrás del presidente que en abril tiene el examen de reválida y aspira a ser el sustituto de Angela Merkel al frente del timón del barco europeo. Esto en lo político, porque en el ámbito personal, su esposa Brigitte también está siendo objeto de acoso en las redes, para dañar al marido, con el bulo de su falsa transexualidad. En España también hemos tenido nuestra campaña de acoso y derribo. La víctima propiciatoria ha sido el ministro de Consumo, Alberto Garzón, a quien la tergiversación de sus palabras en una entrevista a 'The Guardian' le ha sacado de su habitual placidez gestora para colocarle de ariete en las posaderas de Pedro Sánchez y el Gobierno de coalición.

No ha dicho nada que no hayan denunciado por activa, por pasiva y con imágenes, los colectivos ecologistas de este país. Pero resulta más jugoso traducir que el ministro ha dicho que España exporta carne de mala calidad porque así tienes asegurado el eco entre los ganaderos, los veterinarios, los funcionarios que cumplen estrictamente con la normativa europea, los presidentes autonómicos que se dan por aludidos aunque no lo estén, los periodistas que beben en fuentes contaminadas, los 'trolls' de las redes y, por supuesto, de los partidos de la derecha y la ultraderecha que se sienten ofendidos en lo más profundo de sus entrañas. Y si encima miembros del Gobierno que sabe inglés con soltura, por no coger el toro por los cuernos, sueltan la paparrucha de que Garzón hizo las declaraciones a título personal, el pastiche es total.

Contra el calumnia que algo queda hay que actuar, primero con la denuncia penal y social y después, cercando y sometiendo al escarnio público a estos grupos que se mueven en la permanente trampa al solitario. De los que no saben leer ni pensar o leen lo que les dicen que deben leer y piensan lo que les dicen que deben pensar ni hablamos.

Cuando les digo que no se puede empezar bien un año bautizado como 'patito, cero, patito, patito...'