En alguna columna tengo escrito que el ministro Alberto Garzón es el político más tonto de España. Lejos de mí, sin embargo, cualquier insultante ánimo. Más que como sinónimo de idiocia le apliqué aquel término en otro sentido muy distinto: inocencia.

Porque a este ciego, tonto, inocente y buen hombre que hoy es titular de Consumo le han engañado como a un chino taiwanés. Le han levantado el partido, la ideología, la carrera, el sitio y el puesto, dejándole a cambio un escaño (fijo) y un ministerio (provisional) donde seguir gastando inocentadas o bromas (no es posible tomar sus declaraciones en serio) a todos aquellos con quienes le toca reunirse y «trabajar»: hoteleros, ganaderos, periodistas, consumidores... A Garzón, como al mono del circo, solo le queda el tambor, ¡pero miren que hace ruido!

Mucho más silenciosamente, su «amigo» Pablo Iglesias inició hace años su labor de demolición. Hoy su «compañera» Yolanda Díaz está finiquitando su derribo. Entre unos y otras de Unidas Podemos le han levantado las siglas (¿alguien se acuerda de Izquierda Unida?), la memoria de los comunistas (¿queda alguien ahí?) y el espacio político. Lo que no han podido arrebatarle ha sido la inocencia. Por eso Garzón sigue siendo un tonto en política. Útil, una veces; inútil, la mayoría.

Al margen de sus virtudes y condiciones, su daño al sector cárnico español, cuestionando la calidad de nuestras exportaciones, es merecedor de un cese. Pedro Sánchez, creo, no lo botará porque necesita su voto, pero a Garzón no le quedan dos telediarios (TVE, la voz del amo, lo ha sentenciado).

Una vez fuera del Ejecutivo podría don Alberto zaherir sin tanta pupa a multinacionales y lobis, rehacer su izquierda utópica, movilizar a los verdes, reencontrarse a los rojos, arremeter a los azules y contra los gigantes y molinos de viento en lucha por un mundo mejor donde los tontos e inocentes como él encuentren al fin un lugar bajo el sol.

Para sentirse más libre aún, hasta la plenitud de su tontería e inocente empatía con utopías solidarias, Garzón debería dejar el escaño, volver al camino, regresar a las calles y luchas, plazas y pancartas... Pero para eso, para levantar las posaderas del Parlamento, tendría que ser, todavía, mucho más tonto... Y a lo peor no lo es.