La inoperancia, la tardanza y los prejuicios son ya parte de la tónica de cada decisión sanitaria desde que se inició la pandemia. Siempre hemos ido de una manera atropellada en intentar controlar algo que aún no tenía base científica ni consenso político. En primer lugar con un mecanismo jurídico que se ha constatado como ilegal, el estado de alarma; y en segundo lugar, por una supuesta cogobernanza que sirvió para blindar al Gobierno de Sánchez. La idea de hacer endémica la pandemia resalta cuando cada día batimos récords de contagios y los centros sanitarios están al límite. ¿Es una realidad epidémica y avalada científicamente o estamos ante otro caso de incomparecencia del Gobierno? Porque ya son incontables las veces en las que se ha llegado mal y tarde durante la pandemia. Y la expansión de la ola ómicron por nuestro país vuelve a poner varios ejemplos evidentes y hacer saltar las costuras de la supuesta normalidad que nos decían hace pocos meses.

Como también son incontables las veces que el Ministerio de Sanidad ha dicho no a cualquier medida que proviniera de Díaz Ayuso, al margen que con el tiempo se viera efectiva: de la realización de test antígenos en farmacias a la reducción de aislamientos y cuarentenas, por ejemplo. U otras adoptadas, como la vuelta al uso de mascarillas en exteriores, siguen siendo un despropósito con la crítica de los expertos. Hay algunas que basadas en el sentido común y defendidas por los sectores perjudicados, nunca se quisieron adoptar. E incluso países de nuestro entorno lo hacían, pero aquí en España parecía un terreno inviable. El último caso tiene que ver con los test de antígenos. Es incomprensible que se insista en controlar los precios fijándose más en la demanda y no tanto en la oferta. Un producto así debería tener un IVA híper reducido y se debería vender en cualquier comercio. Da la sensación de lo de siempre: improvisación e incompetencia.