Durante la Edad Media, la Iglesia, no habiendo podido imponer la Paz de Dios –que predicaba desde el siglo X– hubo de contentarse con decretar períodos de tregua, durante los cuales quedaban prohibidas las hostilidades y muy especialmente desde comienzos del Adviento hasta la Epifanía (día de Reyes).

Y fue este espíritu de conciliación y de paz universal el que inspiró, durante la Primera Guerra Mundial, la célebre tregua de Navidad de 1914. Aquella gélida Nochebuena en el frente occidental, los soldados alemanes empezaron a cantar villancicos desde las trincheras, logrando que franceses y británicos enviasen emisarios desde las suyas para pactar una tregua. Así, los soldados que hasta hacía tan solo unos minutos se habían enfrentado en una lucha a muerte, pasaban a confraternizar amicalmente alrededor del fuego y de un adornado árbol de Navidad, entretenidos en amenas charlas y compartiendo tabaco, champán, comida y bebida caliente.

Júbilo

23 años después de aquel acontecimiento (finales de 1937) España vivía su segundo año de guerra civil. Y desde el día 15 de diciembre, la ciudad de Teruel estaba sometida al ataque de las fuerzas leales a la República, bajo el mando del general Vicente Rojo y de su segundo, el coronel Hernández Saravia, ascendido a general por Indalecio Prieto (ministro de Defensa «y Ataque») después de que el ejército republicano arrebatase la ciudad (8 de enero de 1938) a los sublevados.

La toma de Teruel (primera –y única– capital de provincia que la República reconquistó durante la guerra) se vivió con júbilo en el ejército y muy especialmente entre las decenas de miles de entusiastas e idealistas voluntarios de las Brigadas Internacionales, quienes (reclutados en sus países de origen por la III Internacional Comunista, la Komintern, bajo las férreas directrices de la URSS de Stalin y de sus comisarios políticos en España) lucharon bajo el convencimiento de que en España se dirimía la batalla decisiva entre el fascismo (la dictadura que representaban la Italia de Mussolini, la Alemania de Hitler y la España de Franco) y la «libertad» del comunismo imperante en la Unión Soviética de Stalin; no así del comunismo propugnado por Trotsky, quien de hecho fue asesinado –por órdenes de su antiguo camarada Stalin– en Méjico, el 21 de agosto de 1940, siendo su ejecutor el comunista español y reputado espía al servicio de la URSS, Ramón Mercader.

En este dramático contexto de lucha fratricida que, como en todas las guerras, padeció y sufrió principalmente la población civil, fueron muchos los artistas de renombre mundial (como el actor Errol Flynn) que visitaron España para dar su público apoyo a la República.

Pero, quizás por su condición racial (en una época de racismo manifiesto a escala mundial) otros que también lo hicieron, e incluso con mucho más entusiasmo, han quedado prácticamente en el olvido. Fue el caso del afroamericano Paul Robeson, abogado, estrella del fútbol americano, actor y afamado cantante de ópera, nacido en 1898 en los Estados Unidos, quien acompañado de su esposa, Eslanda Goode Robeson (descendiente de sefardíes españoles, fue antropóloga social, química y primera mujer negra en ocupar el puesto de jefa de departamento –el de química quirúrgica– en el Hospital General de Nueva York) tuvieron el valor de alzar su voz en España en apoyo del gobierno de la República, al que consideraban garante de la democracia, de la convivencia pacífica y de la igualdad de todas las personas.

El periódico 'The New York Times', en su edición del 24 de enero de 1938, daba cuenta de la noticia, anunciando a sus lectores que el cantante Paul Robeson y su esposa habían llegado ese mismo día a Barcelona en una visita de 10 días a la España lealista, durante la cual esperaban visitar Madrid y Teruel.

Plenamente consciente de la labor propagandística en su favor, la República asignó a la pareja Robeson un oficial de enlace, el capitán Fernando Castillo, y un coche (un Buick de 7 plazas) con chófer para llevarlos hasta el frente. El historiador Antony Beevor relata que, invitado por los esposos Haldane (la periodista inglesa Charlotte Haldane actuaba como delegada en España del Comité de ayuda a heridos y dependientes para el British Battalion de las Brigadas Internacionales) Paul Robeson cantó espirituales ('Godspell') en el frente de Teruel durante toda la noche.

Viaje al frente de Teruel

Pero lo más interesante de esta historia lo contaría muchos años después, en 2019, la propia nieta de Paul Robeson, Susan Robeson, en su libro 'Grandpa stops a war' –'El abuelo detiene una guerra'–: «La historia que siempre le pedí a mi abuelo [Paul Robeson] que me contara era la de su viaje al frente de Teruel, durante la guerra civil española. Desde el instante en el que el abuelo comenzó a cantar, las armas de ambos bandos se detuvieron y los combates no se reanudaron hasta el día siguiente. Me encantaba ese mensaje de amor y universalidad».

Cuando el poeta cubano Nicolás Guillén preguntó a Paul Robeson por qué había decidido ir a España, el artista y pionero de los derechos civiles en los Estados Unidos, le contestó: «La causa de la democracia en España es también la mía. Como persona negra, pertenezco a una raza oprimida, discriminada, que no podría vivir si el fascismo triunfara en el mundo».

Paul Robeson falleció en Filadelfia, el 23 de enero de 1976, pero su voz sigue resonando cada día a través de quienes, humilde y calladamente, trabajan por la paz y por la dignidad de las personas en todas las naciones y en todas las esferas de la vida.