Siempre se ha afirmado que el verdadero sentido de la formación consiste en enseñar a aprender. El auténtico maestro es quien porfía en inculcar un modelo de aprendizaje capaz de estimular en el alumno el deseo de saber más, la vocación de conocer, en lugar de limitarse a exponer enunciados y métodos más o menos doctrinarios de cualquier materia, ciencia o arte. Porque esto es tan válido para las humanidades como para las ciencias y, con mayor razón, cuando varias ramas del saber se combinan en una sola, como es el caso de la Arquitectura. Aún más, mucho más, si tal propósito incluye un hermoso móvil: calzar con empatía el zapato ajeno y tener en cuenta las necesidades de personas con limitaciones de movilidad u otras restricciones.

Pedro Campos, arquitecto y profesor de la Universidad CEU-San Pablo, recientemente galardonado con el Premio Ciudadanos, considera que la misión última de la universidad es la formación integral de la persona; también piensa que todo docente debe profesar con su conducta aquella ética que intenta imbuir en el alumno. En consecuencia, ha implantado en sus clases una dinámica pedagógica, en colaboración con voluntarios afectados de diversas discapacidades, con la que pretende que sus estudiantes conozcan de primera mano las condiciones vitales de estos colectivos, así como los requerimientos que sus viviendas deberían satisfacer para habitarlas dignamente, dado que, por su parte, tales personas suelen hacer gala de una extraordinaria sensibilidad para experimentar la arquitectura, los colores, las texturas, las formas... de idéntica manera a como también acostumbran superar toda clase de obstáculos. Se trata, sin duda, de una lección magistral de enorme relevancia si reflexionamos sobre su valor para crear un mundo y una sociedad con espacio para todos sin excepción alguna.