Opinión | Sala de máquinas

Deliciosa revolución

Los buenos aficionados al cine histórico valoran en gran medida la ambientación. Como elemento escénico clave, supone una auténtica prueba de fuego. Caso de no superarse, de fallar las localizaciones, el vestuario, el mobiliario, los lugares y detalles de la época que se pretende representar, todo lo demás, el argumento, los personajes, la intriga, se caerá ante los ojos del espectador como un edificio mal construido sobre débiles pilares.

No es el caso, en absoluto, de 'Delicioso', película del director francés Eric Besnard, de las más atractivas en la actual cartelera.

Lo es por la ambientación, en primer lugar, cuidada hasta el mínimo detalle, generosa, riquísima, de una precisión, más que costumbrista, etnográfica.

Gracias a ese mimo estético viajaremos a la Francia de la Revolución, cuando apenas faltaban unos días para la toma de La Bastilla. La tensión social que venía detectándose en el París y en el Versalles de Luis XVI comenzaba a extenderse por el resto de regiones francesas, afectando a amplias capas de población. Sobre todo, a aquellas clases populares que no se sentían representadas por la aristocracia ni por el clero y que acabarían aglutinándose en el llamado tercer Estado.

Para esa nueva y popular clase, el cocinero Mancheron, hasta el momento a sueldo de la nobleza, ideará un restaurante popular, abierto en una antigua casa de postas, con diferentes menús al precio de todos los bolsillos. Esa democratización de una cocina hasta entonces elitista, su oferta a un público generalista —la aparición, en suma, por primera vez, del 'restaurante' tal como hoy lo seguimos entendiendo— vertebrará el tema de la película, trabando las vidas de sus protagonistas en clave de un melodrama amoroso igualmente muy a gusto de aquella época a caballo entre el feudalismo, la Ilustración y la revolución.

Una película que, por su bello canto de la cocina tradicional, hará disfrutar a los mejores paladares, gourmets, cocineros o chefs; pero también, y no en menor medida, a los enamorados del cine histórico como un género capaz de transportarnos por el túnel del tiempo a épocas y lugares donde ciertamente nos habría gustado estar.

Y, en al caso de Delicioso (nombre del restaurante de Mancheron) sentarnos a su mesa.