Opinión

La rebeldía del padre Wirberto

Los demócratas de Aragón tienen pendiente un homenaje a este sacerdote

Cursó sus estudios de sacerdocio en Zaragoza. Una vez ordenado, fue destinado a la pequeña parroquia del pueblo de Gallocanta, donde pasó un par de años intimando y preocupándose por la vida de los agricultores y ganaderos de la localidad. Por su juventud, poco sabía de los problemas sociales e inquietudes de sus feligreses.

Su segundo destino, en 1968, fue Fabara, pueblo agrícola e industrial (fabricas de balones de fútbol) que contaba con 1.700 habitantes. Algo desorientado en los primeros días, poco a poco fue tomando contacto con sus parroquianos, con las agrupaciones de Acción Católica, con una juventud inquieta por los cambios sociales desde el cristianismo de base, con un joven Pedro Carceller, quien sería el primer alcalde democrático de Fabara, a la cabeza de un gran número de chicos y chicas, quienes interpelaban al cura, queriendo saber su opinión sobre las injusticias sociales del pueblo trabajador, él era el «Pater» y, por tanto, debería tener un buen criterio orientativo, pues los jóvenes no se conformaban con oír los cantos de sirena del rancio catolicismo de derechas.

Wirberto empezó a tomar conciencia de clase en Fabara; entre 1969 y 1970 junto al párroco de Valderrobres y alguno del Jiloca con sus agrupaciones de jóvenes cristianos de base formaron las JARC (Juventud de Acción Rural Católica). Pronto se unieron otras agrupaciones de Las Cinco Villas.

Curas jornaleros

Como deberían tomar ejemplo del pueblo trabajador y sentir en sus propias carnes la explotación rural, aquellos curas se pusieron a trabajar como jornaleros, sin olvidar las obligaciones eclesiásticas.

Al poco surgió el conflicto de los vecinos de Mequinenza con la todo poderosa ENHER, que quería expropiar sus viviendas y fincas de labor a precio de saldo para construir el embalse. Reunidos en asamblea permanente en la parroquia y sitiados por la Guardia Civil, el cura de Mequinenza, desbordado, pidió solidaridad cristiana a los párrocos vecinos, a su llamada acudieron el de Torrente de Cinca y Wirberto de Fabara. No tardó mucho en pronunciarse el Arzobispado para hacer desistir a los sacerdotes encerrados con el pueblo, su misión debería ser exclusivamente pastoral y no inmiscuirse en temas sociales, sino serían amonestados.

Tras la muerte de Carrero Blanco, las fuerzas vivas del pueblo le pidieron que celebrara una misa por el alma del difunto

El párroco de Torrente acató el mandato arzobispal, pero Wirberto se mantuvo firme junto a los asamblearios, mientras los oficios religiosos de Fabara los atendía el segundo párroco. Al poco fue nombrado como delegado comisionado en las negociaciones de ENHER con los vecinos en un lujoso hotel de Zaragoza. Firmados los acuerdos y aceptados por ambas partes Wirberto retornó a sus quehaceres en Fabara.

Tras la muerte de Carrero Blanco, las fuerzas vivas del pueblo le pidieron que celebrara una misa por el alma del difunto, con la condición de celebrarla en la plaza de la iglesia frente a la cruz de los caídos por Dios y por España, Wirberto les advierte que las ceremonias religiosas se celebran en el templo. (Se armó la marimorena).

Estos hechos colman el vaso del arzobispo y del Gobernador Civil de Zaragoza. El Patriarca de la iglesia aragonesa y consejero del Reino Pedro, Cantero Cuadrado, el de la sonada entrada triunfal a lomos de una mula engalanada por el puente de piedra hacia el Pilar, quien no tarda en apartar a Wirberto de la Parroquia de Fabara. Acto seguido, 33 sacerdotes se solidarizan con él, concelebrando una misa asamblearia en su iglesia.

Dimisión en masa

Acuerdan dimitir todos si echan a Wirberto. El Gobernador Civil ordena a la Guardia Civil que tomen el pueblo. Los acontecimientos traspasan fronteras y la prensa internacional se hace eco del 'Caso Fabara'. El inquietante brote de rebeldía es trasladado al gobierno de Franco, quienes acuerdan tener sitiada Fabara y controlado al cura rebelde el tiempo que haga falta, para ello reforzarán los efectivos policiales del pueblo bajo las órdenes del capitán de Caspe y la supervisión del gobernador civil. Cuatro añitos duro la represión.

Wirberto siguió en Fabara hasta que se estableció la democracia en España, luego se fue a vivir a Zaragoza y siguió como activista social sin filiación política alguna, acudía allí donde la sociedad aragonesa lo llamaba, hasta su muerte. Los demócratas de Aragón, tienen pendiente un homenaje a tan distinguido luchador aragonés, de elevado tesón compromisario con el pueblo, solidario y buen demócrata cristiano.