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El Periódico de Aragón

Javier Lafuente

Parásitos de manual

En la magnífica El tercer hombre (1949), de Carol Reed, Orson Welles interpretaba a Harry Lime, un advenedizo que robaba penicilina al ejército aliado en la Viena de la posguerra y la vendía en el mercado negro. Para obtener más beneficios, Lime adulteraba el medicamento, lo que resultaba letal para los enfermos. Me ha venido esta película a la cabeza a leer el repugnante caso de esos dos parásitos madrileños, Luis Medina y Alberto Luceño, que se lucraron de forma escandalosa como comisionistas en la compra de material sanitario durante los primeros tiempos de la pandemia. Era esa época en la que Isabel Díaz Ayuso y José Luis Martínez-Almeida presumían de obtener mascarillas mucho antes que el Gobierno español. Según la Fiscalía, estos dos presuntos estafadores no eran expertos en importaciones, desconocían el mercado de China y no tenían ni idea de mascarillas, guantes o tests. Madrid adquirió a un precio desorbitado un material que, por si fuera poco, resultó poco fiable.

Luceño y Medina tienen toda la pinta de ser dos parásitos de manual. Con comisiones de un dólar por mascarilla, ganaron millones. Dejando al margen los presuntos delitos que cometieron y la posible negligencia de las instituciones madrileñas que compraron ese material, resulta muy significativo en qué gastaron estos pollos el dineral que se embolsaron: vehículos de alta gama, tres Rolex, un apartamento de lujo, un velero y otros fastuosos gastos. Es decir, derrocharon en ostentación y en pura apariencia. Se lucraron exclusivamente para fardar. En eso consiste, al fin y al cabo, la corrupción en todas sus vertientes conocidas: crear o mantener una imagen espléndida para un interior tan vacío como nauseabundo.

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