Kiosco

El Periódico de Aragón

Marian Rebolledo

Al margen

Marian Rebolledo

¡Yupi!

Vivimos en un país polarizado. Siempre. España vuelve a estar dividida en dos, otra vez: a un lado, los que seguirán llevando la mascarilla, a pesar de que desde hoy ya no es obligatoria salvo en espacios cerrados y transporte público. Y al otro lado están los que han dicho, y modero la expresión, que a tomar viento la dichosa mascarilla. ¿De qué parte está usted? Yo, de la segunda. Y con entusiasmo, además. Llámenme loca, pero no puedo más. Con las tres vacunas y el covid superado, me siento un poco temeraria. Hartísima estoy de llevar colgando una cuerdecita con la mascarilla al cuello, para no dejármela nunca olvidada. Y más hartísima todavía de llevar las gafas empañadas, de comprar líquidos, bayetas y demás adminículos que no valen de nada, para acabar cada día limpiándomelas con el jersey.

Odio llevar piezas de repuesto en el coche y en el bolso. Odio no oír ni que se me oiga, o cambiar de marca de mascarilla y que la nueva me llegue hasta el párpado o me haga daño en las orejas. Me alegro mucho de que haya quien quiera seguir llevándola: les alabo el gusto y la prudencia, pero yo no puedo más. No puedo más de ir al gimnasio con mascarilla. No soporto que me cubra la cara cuando hace calor. No tolero más la pantomima de bajármela en un bar y subirla cuando voy a la barra a pagar, menuda tontería. Llegados a este punto, y ahora que es legal, la usaré donde sea obligatorio o prudente; pero por mí, hasta nunca. Ya sé que en el tintero me dejo temas indignantes: Piqué y sus comisiones; la huelga del bus urbano; o el nuevo gobierno de Castilla y León de PP con la ultraderecha. Pero hoy es un día alegre, déjenme disfrutar de las pequeñas alegrías de la vida.

Compartir el artículo

stats