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El Periódico de Aragón

María José González

Ser o tener, esa es la cuestión

No, no es que me haya equivocado al rememorar la famosa frase que da inicio al monólogo de Hamlet en Hamlet, príncipe de Dinamarca. Hacia 1603, Shakespeare planteó el dilema en términos aparentemente similares a los que propongo aquí, pero en realidad profundamente diferentes. El «ser o no ser, esa es la cuestión» de entonces reflejaba el tránsito del renacimiento al barroco, esto es, de la confianza y seguridad en la forma y la belleza a la profunda introspección de lo que viene preñado de duda y concepto.

Por supuesto no digo ni sugiero que la duda existencial que tan magistralmente Shakespeare fue capaz de plasmar en esa obra de teatro haya desaparecido de las tribulaciones humanas. Lo que pretendo señalar es que nuestro principal centro de interés se ha desplazado del ser al tener, que nada se entiende del mundo contemporáneo si no se considera todo cuanto mueve la acumulación de riqueza y el hiperconsumo. El haber desterrado como vital o siquiera importante lo bello por lo bello, lo bueno por lo bueno, lo inútil por lo inútil no nos ha hecho en modo alguno mejores, más inteligentes o completos.

No digo ni sugiero que la duda existencial que tan magistralmente Shakespeare fue capaz de plasmar en esa obra de teatro haya desaparecido de las tribulaciones humanas

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La obtención, casi convertida en obsesión, por construir nuestra identidad a través de los bienes que somos capaces de adquirir y mostrar hace de nosotros seres mucho más planos, previsibles, homogéneos y, ante todo, permanentemente insatisfechos entregados a la vertiginosa carrera de ser más productivos para ser poseedores de más y más bienes.

Carrera perdida de antemano entre otros motivos porque, por definición, al consumidor le será imposible seguir el paso y el ritmo de una incesante producción cuya razón de ser no consiste en dar respuesta a nuestras necesidades sino en generar nuevas ilimitadamente a través del impulso de nuestros deseos.

Entronizar el dinero sin otra referencia y objetivo en el horizonte y hacerlo, como hemos hecho, a nivel prácticamente planetario no hace sino deshumanizar a una humanidad que ya venía desgarrada por otras heridas y cobardías.

No se vislumbre tras esta indisimulada crítica una nostálgica y automática defensa de los tiempos pasados. En muchos aspectos lo pasado no fue mejor ni más defendible que lo presente. Basta pensar en los esfuerzos desplegados en defensa de la libertad e igualdad de mujeres, menores, discapacitados y un largo etc. de colectivos que se veían eclipsados cuando no negados por acción y efecto de la imposición de un modelo humano que no dejaba lugar al distinto. Sin embargo, estoy absolutamente convencida de que son muchos los aspectos y facetas en los que hemos salido perdiendo y de que, si no hacemos algo por reintegrarles en el lugar que merecen y necesitamos el balance final no podrá ser lo positivo que algunos proclaman.

La reverencia al dinero y al que lo posee, el arrinconamiento del pensamiento verdaderamente libre, y por tanto complejo, a través de algunas estructuras de poder solo movidas por la dictadura de los datos favorables y, sobre todo, el empobrecimiento ético son las piezas más aptas para convertirnos en sociedades de comisionistas vocacionales o en acto.

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