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El Periódico de Aragón

Carolina González

Jugar con las autonomías

Dice Juan Marín, el todavía vicepresidente de la Junta de Andalucía, que el PP se ha equivocado de enemigo. No es Ciudadanos, como creyó la ejecutiva de Pablo Casado, sino Vox. Y el error, afirma, le está generando ser engullido por la formación de Santiago Abascal. Ha sucedido en las recientes elecciones en Castilla y León y, probablemente, se repita la misma fotografía en Andalucía con el adelanto electoral fijado el 19 de julio.

Opiniones aparte, la realidad es que las comunidades autónomas en las que el PP y Ciudadanos gobiernan en coalición están precipitando el final de la legislatura. Los populares se sacuden estratégicamente a los liberales en una operación que parece responder a querer borrarlos del mapa. Con intención y alevosía. En el centro-derecha parecen estar jugando al comecocos. Los de Abascal mordisquean a los de Feijóo y estos engullen a los de Arrimadas. Una merienda de la que el principal beneficiado es la extrema derecha y el gran perjudicado, aunque pudiera parecer Ciudadanos, no sabemos exactamente quién es.

A juzgar por los movimientos de las cúpulas nacionales, la estrategia del PP persigue un cambio de socio. En Madrid, en Valladolid y en Sevilla. Y las que puedan sumarse a una lista todavía sin cerrar. Ha optado por pasar del naranja al verde. En la capital le salió bien. Díaz Ayuso salió victoriosa –quizá demasiado y así le fue a Pablo Casado–. En Castilla y León no tanto. Y aun así, se lanza a la conquista de las urnas en el sur en busca de quién sabe qué. Mejorar sus resultados no será difícil, porque en los últimos comicios cosechó los peores resultados de su historia y, sin embargo, logró por primera vez la presidencia andaluza arrebatándosela a los todopoderosos socialistas.

Es una pena que las autonomías acaben convirtiéndose en tableros de intercambio de juego estatal y que acaben sirviendo a los intereses de las ejecutivas nacionales en base a sus cálculos electoralistas, encuestas internas y movimientos de liderazgo. Los adelantos electorales tendrían que estar muy bien argumentados y lo suficientemente justificados para llevarse a cabo. No solo para no parecer lo que es, un gesto partidista e interesado, sino porque cuesta dinero. Nos cuesta dinero. Y tiempo. Y energía. Luego no quieren que los ciudadanos acabemos diciendo eso de «todos son iguales». Aunque es cierto que no todos lo son, a menudo nos lo ponen difícil.

Aprovechando estas prisas con las urnas, se oyen ecos de pactar que gobierne la lista más votada. Además de que no es una idea nueva y nunca ha funcionado, habría que cambiar la ley. Porque aun llegando a un acuerdo, estrechándose las manos y fotografiándose para la ocasión, llegado el momento alguien incumpliría la palabra dada. A estas alturas ya nadie se fía de nadie. Y no me extraña.

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